“De mí no esperen”…
martes, 14 de abril de 2026
Paula García García
Resulta difícil digerir -por más reflexiones al respecto- la respuesta del candidato a la Presidencia, que puntea en las encuestas, ante lo ocurrido en la cárcel de Itagüí. Esquivo, como ha sido hasta el momento, al verse superado por un cerco de micrófonos que, ansiosos, esperaban convertirse en el megáfono de un pronunciamiento estructurado, tan solo atinó a decir: “De mí no esperen declaraciones contra la paz en el país”.
Preocupante, por decir lo menos, que quien aspira a dirigir el destino de una nación de 53 millones de habitantes no quiera, o lo que es más grave aún, no tenga los argumentos para emitir un concepto alrededor de un episodio indignante, que se burla de las víctimas, que desnuda la corrupción alrededor del sistema carcelario y que prueba, de nuevo, la degradación social que subyace en el proyecto de paz total. Ese que, al igual que las otras apuestas de la administración Petro, ha asegurado públicamente Iván Cepeda, buscaría profundizar si resulta elegido en la próxima contienda electoral.
“De mí no esperen”: frase corta y contundente que debería retumbar en la cabeza de todos los colombianos aptos para votar este 31 de mayo. ¿Qué quiso decir el senador Cepeda? ¿De mí no esperen que ponga freno a la guachafita de los criminales? ¿De mí no esperen mano dura frente a los que infringen la ley? ¿De mí no esperen el replanteamiento de una estrategia que ha salido mal?
Tal parece que pretende desconocer el representante del partido de gobierno que los diálogos de paz urbana carecen de marco jurídico. Por más que intenten legitimarlos, mimetizando bajo la figura de voceros a cabecillas de peligrosas bandas delincuenciales, en realidad se trata de estructuras sin posibilidad de reconocimiento político. Lo sabe el avezado congresista, que ha encontrado en el silencio su mayor aliado para una conveniente ausencia del debate nacional alrededor de este y otros temas. En nombre de la paz no se puede mancillar la institucionalidad ni mucho menos, como ocurre ahora, instrumentalizar un deseo colectivo.
¿Ir en contra de la paz es exigir la aplicación y el respeto por las normas establecidas? ¿Existen, acaso, compromisos que impiden asumir con contundencia la debacle que se consuma ante los ojos del país? Son muchas y muy preocupantes las preguntas que surgen tras una tarde de vallenato no propiamente entre rejas. Ahora bien, resulta inquietante, en mayor medida, extrapolar aquella desentendida declaración como posible respuesta a la crisis en el sistema de salud, el déficit en las finanzas públicas, la débil soberanía energética y la falta de recursos para el fortalecimiento de la Fuerza Pública, entre una larga lista de etcéteras que hoy se traducen en retrocesos, dolencias y falencias.
Colombia merece un presidente dispuesto a eliminar el “no” de la que sin duda hace carrera para convertirse en la desafortunada frase célebre de una competencia jalonada por los extremos. “De mí esperen” es lo que necesita escuchar un país roto, al que le cuesta hallar puntos comunes y que, en medio del caos en el que todos intentan pescar en río revuelto, lo último que puede permitirse es desdeñar sus valores. ¿Los bandidos, con más derechos y menos deberes que la gente buena?