“Dīvide et īmpera” (divide y vencerás). La célebre frase que por siglos ha fungido como estrategia inquebrantable de éxito no solo en el campo de batalla, cuando de guerras se trata, sino también en la cotidianidad de la vida misma; parece ponerla en duda la atípica elección presidencial que se avecina para Colombia. El momento actual es particular, casi un punto de quiebre que exige responsabilidad, sensatez, fuera egos −siempre malos consejeros− y, ante todo, actuar en consecuencia frente a lo que en realidad está en juego.
Este 2026 el país, aun en democracia −asunto no menor−, está llamado a escoger entre dos caminos: el de la continuidad de un proyecto político que deja más retrocesos que resultados, improvisación, arrebatos y un banquete de escándalos de fuego amigo que, sin querer queriendo o quizá queriéndolo, no ha hecho más que destapar ollas podridas, versus el regreso del tecnicismo perdido y el respeto irrestricto al Estado de derecho. Un panorama que resulta tan obvio como absurda resulta la resistencia a la unidad.
Nada aportan las peleas internas que, cual ocurre en la orilla opuesta, también, sin querer queriendo o quizá queriéndolo, se exponen en la palestra pública. Tampoco ayudan las terquedades que impiden ver lo inútil (aparte del interés por cobrar la reposición de votos) de empecinarse en llegar solos a primera vuelta cuando las encuestas evidencian tímido chance para más de uno. Si bien, Iván Cepeda parece haberse estancado en 30% -misma base del presidente Petro-; los empujoncitos poco sutiles que emanan del propio Gobierno con 23% de incremento en el salario mínimo, la reducción de $500 en el galón de gasolina y la retórica que ya empieza a instalarse de megaricos contra pobres tras la suspensión provisional del decreto de emergencia económica, podrían surtir pronto efecto y romper el techo.
Por ahora, a la espera de la consulta; la izquierda luce disciplinada y compacta aunque el nombre de Roy Barreras, hoy sin protagonismo en las mediciones, resuena cada vez con mayor fuerza para convertirse en el ungido por el mandatario saliente. Fuerte rumor que hace temer un remezón en las toldas petristas que consideran un error cambiar la estrategia cuando se está a la cabeza además de la reticencia que ocasionaría ceder las banderas a una figura que no nació de las entrañas del progresismo. Entre tanto, la derecha y centroderecha, con atisbos de pataleos y pataletas, a regañadientes se organiza, todo parece indicar, bajo el que sería el triunfo de Paloma Valencia. Momento en el que se comprobaría, si como lo han vociferado, los perdedores le cargarán la maleta.
Los políticos colombianos parecen olvidar que a Venezuela la arrastró a la debacle de la que 27 años después sigue intentando salir, un escenario similar al que por estos días presenciamos. Una oposición atomizada, caníbal, incluso, y en la que, aquellos que dicen ser de centro, pudiendo sumar, deciden restar. La foto será distinta después del 8 de marzo, es cierto; pero la cohesión, un innegociable para ganar. “Divide y perderás”, la nueva máxima que se instala y de la que dependerá el futuro inmediato de una nación a la deriva.
P.D.: seguirán los oportunos anuncios y medidas populistas. “Panem et circenses”.