El presidente que nunca quiso serlo
Terminan cuatro años de un extraño desgano. De nulo liderazgo, ausencias sin explicación, espejo retrovisor, dedo inquisidor y escandalosos procederes antesala de unos niveles de presunta corrupción nunca vistos en un territorio con destacado historial corrupto. Mejor candidato que presidente; quien ya se despide, en campaña logró conectar con un discurso que en el papel le hablaba a esa Colombia decepcionada y en las elecciones del 2022 se convirtió en un fenómeno político. Sin embargo, una vez la banda presidencial se posó sobre su pecho, todo cambió.
El talante de jefe de Estado jamás apareció y empezó a configurarse un activista que con el paso de los días se lamentaba de aquello que mal marchaba como si se pronunciara un ciudadano cualquiera y no el responsable del futuro de esa ciudadanía a la que prometió servir. Fueron 1.460 días, con sus noches, en los que hizo creer a la opinión pública que no sabía lo que decía ni lo que hacía. Sacó provecho de sus errores de ortografía -más premeditados que casuales-, puso a una nación entera a debatir sobre sus interminables mensajes en redes sociales, muchos de ellos escritos de madrugada, en los que aparentaba distraerse de lo esencial y cometía imprecisiones que curtidos analistas se resistieron a dejar pasar al punto de gastar preciosas horas de sus vidas intentando rectificar afirmaciones que simulaban ser desconocimiento o ignorancia.
Divagar a conciencia y polemizar, sus mayores cualidades. Gobernar, el pendiente que se resistió a afrontar. Quizá solo buscaba la exposición del cargo. Que le dijeran “Señor presidente”, alimentar su ego y demostrar que un hombre con pasado insurgente, en teoría, anti establecimiento, podía llegar a las altas esferas del poder para desafiar las maneras y el sistema en el que, asegura, buscan obligarlo a encajar cuando en verdad disfruta pertenecer.
Es una lástima que la política tenga la capacidad de instrumentalizar de la forma en la que lo hace y que por cuenta de la obnubilación que generan ciertos personajes, un país con una lista interminable de necesidades acabe por escoger perfiles sin alma y en lugar de cambios reciba, a cambio, una primera dama que, tal parece, habría consumido del erario público 50.000 euros mensuales para su lujosa vida en Suecia; una funcionaria como Angie Rodríguez denunciando amenazas, la incógnita eterna alrededor de la maleta de Laura Sarabia, el audio de los $15.000 millones de Armando Benedetti, grabaciones en las que se propone a los grupos armados jugar a los congelados y cientos de interrogantes acerca de los roles de Juliana Guerrero, Gabriela Muñoz y otros tantos nombres que jamás estuvieron a la altura de los designios encomendados.
Nada pasó. Jamás hubo respuestas. Ni siquiera mínimo asomo de vergüenza como suele ocurrir ante una contraparte que aquel que ofende desprecia. Queda ahora el debate alrededor de la dignidad presidencial. Esa que se asume como mandato ético y simboliza la unidad nacional. Por lo pronto, cuatro años después, la culpa sigue siendo de las élites o la extrema derecha y en veremos quedaron los pendientes sin doliente. ¿Para qué quiso Gustavo Petro ser presidente si en realidad nunca le interesó serlo?