Elecciones 2026: mucho más que un tamal
Aumento de salario mínimo en 23,7%, decretos de emergencia con impuestos, en apariencia, dirigidos a impactar a los más ricos; $500 menos en el galón de gasolina −justo en marzo−, además de dos objetivos adicionales gravitando en el ambiente: inversiones forzosas y traslado exprés a Colpensiones de $27 billones por parte de los fondos privados de pensión. Populismo, puro y duro, aunado a una importante captación de recursos, en época electoral.
Al olvido están apostando y olvido, tal parece, están logrando. Las cifras del momento reflejan una Colombia amnésica a la que poco le inquieta el retroceso en los servicios de salud, los carrotanques de La Guajira, una unidad de gestión de riesgos sin fondos para atender las emergencias climáticas, los cabecillas de grupos criminales en tarima, sanguinarios terroristas sin órdenes de captura, la designación con títulos falsos de Juliana Guerrero, las maletas con dinero jamás explicadas y los vulgares audios que sembraron dudas alrededor de la financiación de la campaña de quien hoy gobierna.
No solo con buses y tamales se pelean los votos en las urnas. Lo demuestran las encuestas. Esta vez, es con hechos mediáticos, susceptibles a la manipulación de las hábiles narrativas que los hilos del poder saben mover muy bien, como buscan seducir al electorado. Una dinámica, de franca participación en política (a la que no se refiere la Procuraduría), que el Ejecutivo refuerza con la peligrosa teoría −carente de sustento− del fraude electoral y un reiterado y feroz intento por desprestigiar, uno a uno, los actores que representan la institucionalidad.
Tras tres años y medio de desconexión e inacción, reencaucha Gustavo Petro el discurso del pueblo esclavo que debe levantarse contra las élites. Aquel que le sirvió para ganar en 2022. Sin embargo, en la recargada versión 2026, le añade un ingrediente perturbador con el que pretende afectar la confianza ciudadana en el sistema. Sí, el mismo sistema que le permitió convertirse en alcalde, senador y presidente. La estrategia y el “timing” siempre estuvieron claros: tres años y medio de incumplimientos a sus votantes y, ad portas de elecciones, avalancha de decisiones y medidas polémicas que generen ruido, propicien confrontaciones, pero que, ante todo, suenen bien para las masas. ¡Pan y circo!
Minúsculo ha sido, por tanto, el esfuerzo del candidato Iván Cepeda para liderar en las mediciones. Consciente del “trabajo de campo” que otros desplegaron, amparados en “acciones de último minuto”, poco se hace notar mientras rehúye a las polémicas del día a día. Las formas de competir se degradaron y con ellas el electorado. La foto actual revela que los votantes ya no exigen un debate de soluciones que respalde la toma de una decisión tan trascendental y, en lugar de preguntarse qué es lo mejor para el país, se dejan llevar por la vía que la historia misma ha probado pone en jaque las libertades: la de una orquestada dependencia en la que prometen proveer el pescado para nunca enseñar a pescar.
Los pueblos tienen los gobernantes que merecen, ¿lo comprobará Colombia?
P. D.: Roy Barreras, sin duda, el precandidato que más se juega este 8 de marzo en las urnas.