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Lo que se juega Colombia

Paula García García

Este 31 de mayo se elige un sistema de gobierno, no solo un presidente. La frase no es mía, es del abogado, experto en derecho constitucional, Mauricio Gaona. Pero resulta tan sensata y cierta, que quise traerla a colación como punto de partida para entender lo que se juega Colombia en esta contienda electoral.

Entregados a una dinámica agresiva en la que nos fueron inmiscuyendo los ilustres candidatos, a pocos días de asistir a las urnas, estamos preocupados por la guerra entre encuestas y cazando peleas ajenas, en lugar de ocuparnos por votar con el compromiso que el momento actual amerita. Un presente del que dependen mucho más que 4 años. Esta vez no se trata de escoger entre una ideología de izquierda o derecha. Se trata de descifrar el modelo de país que una y otra pretenden.

Para nadie es un secreto que la disputa hoy se mueve entre una visión comunista de Estado versus una que propende por los principios del capitalismo. Dos extremos imposibles de conciliar, responsables de marcar el rumbo económico de una nación, además de su devenir como sociedad. No son iguales los pueblos que sobreviven bajo un estado benefactor que aquellos que se rigen por el libre mercado. En los primeros, la equidad está mediada por la abolición de clases sociales y por la que suele ser una utópica concepción de la propiedad común de los medios de producción. Utopía, me atrevo a apuntar, porque la realidad demuestra que en el comunismo, al igual que en las formas de gobierno que dicha filosofía repele, se configuran élites. Basta con mirar la historia de los Castro en Cuba. En los segundos, entre tanto, la iniciativa individual resulta fundamental para alimentar un ecosistema de libre oferta y demanda que se cimienta en el sector privado como el gran movilizador.

Ahora bien, es cierto que la administración saliente puso de manifiesto desigualdades innegables, ignoradas por décadas. Fue dicho reflector, en efecto, el que llevó a Gustavo Petro a la presidencia. Todo un cimbronazo para un país que se asumía profundamente democrático y que antes del estallido social jamás consideró hacer una pausa para mirar hacia abajo. Gústenos o no, la Colombia 2026 piensa distinto. Sin embargo, sigue sin hallar equilibrio y es allí en donde radica el riesgo de cara a la decisión por tomar. En una Colombia que vota dolida y confundida.

El cuatrienio que termina −aunque con más promesas que resultados− puso a prueba la institucionalidad. Esa que antes muchos ni siquiera sabían que existía y demostró lo importante de la separación de poderes para contener asomos de autoritarismo. Asimismo, hay que reconocerlo, se atrevió a cuestionar lo que parecía incuestionable y dio voz a sectores nunca escuchados. Un revolcón alrededor del cual se pueden debatir sus formas, mas no se puede negar que era necesario. Lástima la oportunidad de oro que se desperdició por cuenta de un liderazgo ausente que optó por el dedo inquisidor cuando pudo apostar por la unión.

Dicho lo anterior, sin duda sería un error regresar a la inconsciencia del pasado. No obstante, hay que dar el lugar que corresponde a la recuperación de los valores que por el camino se han ido trastocando y a la defensa de las libertades −que si se pierden, difícilmente regresan−. ¿Qué sistema de gobierno encarna mejor aquellos innegociables? La pregunta de rigor. En juego, repito, mucho más que 4 años.

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