Pistola al cinto o discursos intergalácticos: ¿qué prefieren?
El giro es cada vez más notorio. Resultados tempranos, planes de trabajo concretos, presencia territorial y diálogo regional. Acciones radicalmente opuestas a las que tuvo que padecer el país durante los últimos cuatro años. Sin embargo, ahora hay quienes se indignan porque el presidente aparece con una pistola al cinto liderando los que nunca debieron dejar de ser necesarios operativos contra la delincuencia y los grupos narcoterroristas.
Para empezar, la pistola no es más que un simbolismo dentro de su estrategia de comunicación y absurdo resulta pensar que, en algún momento, el gobernante la va a desenfundar para disparar como con extrema preocupación lo expresaron quienes pretendieron hacer de estás imágenes un acto imperdonable. Dicho lo anterior; vale la pena recordar los episodios que sí debieron causar indignación, pero que pese a las críticas y a que configuraron verdaderos escándalos, pasaron de agache ante buena parte de la sociedad, los órganos de control e incluso ante la justicia.
Indignante fue que suspendieran ordenes de captura y extradiciones de sanguinarios criminales. Que los retuvieran -caso alias Calarcá, alias el Cholo, y otros tantos-, para dejarlos libres en cuestión de minutos por ser, supuestamente, gestores de paz. Figura traída de los cabellos bajo la que se burlaron todas las normas y se fortalecieron las economías ilícitas. Indignante, también, el abandono al que estuvieron expuestos los mandatarios locales y que olvidara, un presidente, que su responsabilidad es atender las necesidades de toda la geografía nacional. Que se desapareciera días enteros sin que nadie diera razón de su paradero y, como si nada, se presentara después, en cuestionable estado, a pronunciar discursos intergalácticos. Ni hablar de la defensa férrea de funcionarios indignos para sus cargos y el reacomodo de fichas con el que siempre capoteó las crisis internas.
Lejos de endiosar a Abelardo De la Espriella, es imposible desconocer la coherencia que hasta el momento demuestra con las que fueron sus promesas de campaña. Indignarse porque sin eufemismos le habla a los bandidos o esposados les dice que son bienvenidos a la patria milagro y empecinase en reducir el debate a una pistola y un radioteléfono, es no haber entendido el descontrol al que Colombia estuvo expuesto ni los riesgos en los que la democracia se vio inmersa.
Las retóricas polarizantes continuarán, sobre todo cuando se tiene en frente a un jefe de Estado disruptivo que ante los ataques agudizará sus métodos, su lenguaje y sus formas. No obstante, hay que tener memoria. De la orfandad del pasado a la gerencia del presente, varias son las diferencias medibles. Nada puede marchar bien si la cabeza no está presente y sin reglas claras de juego por encima de la mesa.
Ya era hora de recomponer el desorden que se empezó a gestar con el estallido social y que mantuvo vivo el expresidente Petro a punta de discursos incendiarios. Efectivos para alimentar el fanatismo, incapaces de resolver los problemas de la gente. De modo que, no estaría de más detenerse a pensar si el arma al cinto amerita el desgaste nacional, echar un vistazo al pasado y decidir cuál de los dos escenarios prefiere cada colombiano.