Uribe vs Petro: ¿Un país político que no evoluciona?
Cada vez falta menos para las elecciones de 2026 y aquella lista de más de 100 precandidatos que llegó a aterrarnos, pero a la vez, hay que decirlo, nos hizo valorar la democracia; sutilmente comienza a decantarse. La absolución, en segunda instancia, del expresidente Álvaro Uribe lo fortalece como jugador político −y no tras bambalinas−, en un momento de incertidumbre, polarización extrema y un gobierno de desaciertos que luce dispuesto a dar la pelea.
Sin guiños del todo claros; las banderas de campaña empiezan a tomar forma de lado y lado en cabeza que quienes han fungido, por lo menos en las dos últimas décadas, como los actores políticos de mayor incidencia. En una orilla: la seguridad democrática. En la orilla contraria: el antiimperialismo. En un extremo de la balanza: el capitalismo, el libre mercado y la empresa privada protagonista de un trabajo coordinado con el Estado. En la bandeja del contrapeso: el socialismo, el estado benefactor, el proteccionismo y las infinitas apuestas por la paz negociada.
Veinte años después, las voces que lideran −si es que tal concepto se puede considerar a lugar en ambos casos−, siguen siendo las mismas. ¿Tenemos acaso una Colombia que no evoluciona en sus problemáticas históricas? La respuesta, es sí. Entre desatenciones, falta de voluntad política y retrocesos −cual hemos visto en el cuatrienio que está por terminar−; gravitamos en los mismos males.
Ahora bien, no debería ser esa a la razón que impida contar con nuevos perfiles capaces de aportar visiones distintas acordes a las transformaciones sociales que a pesar de aquellas coyunturas inamovibles, exigen propuestas renovadas. La fotografía de hoy es como si nos hubiésemos detenido en el tiempo. No solo por aquello que nos aqueja, insisto, sino también por las retóricas que ad portas de regresar a las urnas, nos enfrentan.
Juan Carlos Pinzón, exministro santista, paradójicamente parece calar en el corazón de Álvaro Uribe y los empresarios empiezan a cerrar filas en torno a su nombre. La reciente reunión en el club el Nogal, de tal movida, puede dar cuenta. Un hecho cumplido al que hay que sumarle el agradecimiento público del jefe natural del Centro Democrático a Vicky Dávila el día que se conoció la decisión del Tribunal Superior de Bogotá en la apelación de su proceso. Para muchos, se trató de un espaldarazo que podría darle a la otrora periodista un empujoncito.
La izquierda, entre tanto, saborea el golpe de opinión que le permitió anotarse la consulta interna. Después de sucumbir al cimbronazo de Daniel Quintero, se muestran fortalecidos. No se sabe, eso sí, qué tan unidos. Pese al millón y medio de votos de Iván Cepeda, señalan, en los mentideros políticos, que el candidato que le gusta al presidente Petro sería el exalcalde de Medellín, quien tendría que disputarse sus amores con el exembajador Roy Barreras. No obstante, este último, políticamente camaleónico, lanzó su candidatura desmarcándose del actual Gobierno. Ya no comparte la bandera de ‘guerra a muerte’ ni lo seducen los discursos de odio de clases. El centro, dicho sea de paso, otra vez, difuminado.
El hecho es que, de fondo, lo que tenemos son las dos cabezas de siempre decidiendo cómo, cuándo y con quién. ¿Bueno o malo? Difícil sentenciarlo. Atravesamos, como nación, un momento tan decisivo que, equivocarse, podría traer consecuencias irreparables. Basta con mirar el camino, diría yo, sufrido, de nuestros vecinos venezolanos. A modo de reflexión, pediría no echar en saco roto la necesidad de gestar nuevos liderazgos. Las sociedades cambian y con ellas, deberían, también, cambiar sus faros.