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¿Votar para primera o segunda vuelta?

Paula García García

“¿Ya sabe por quién votar?”, “¿será mejor apoyar a X que a Y?”, “¿cómo ve el panorama?”. Estas, entre otras, se han convertido en las preguntas recurrentes que copan la atención de los espacios cotidianos en los que, meses atrás, tenían cabida asuntos diversos. Por estos días, solo se habla de política. Y es que, a escasas tres semanas de las que podrían considerarse las elecciones más atípicas de los últimos tiempos -sin debates, con excesiva intervención de quienes nos habían enseñado que tienen prohibido hacerlo y con carencia de propuestas-, las múltiples fotos del momento entusiasman a unos, mientras despistan e inquietan a otros.

Diría el presidente Petro que las encuestas están “despiporradas” aunque, en realidad, coinciden en la cifra que ubica a su candidato, Iván Cepeda, por encima de 30% en intención de voto. Por lo demás, sigue siendo un enigma si el tigre podrá con la paloma o si será un ave la que desplace al felino. No obstante, el verdadero duelo se librará en una eventual segunda vuelta.

De necesitarse un ballotage -duda ha lugar por cuenta de los egos que hoy dividen a los que suman e impiden graduar de obviedad dicha posibilidad-, señalan las mediciones, el escenario cambiaría de manera radical. ¿Qué hacer, entonces? He aquí el punto en el que deben tomar las riendas sendas reflexiones: apostar, cuando es la democracia la que está en juego, amerita anteponer la razón por sobre la pasión y anticiparse a cálculos futuros.

Además del porcentaje que asegura el pase del representante del continuismo a un posible desempate, las disímiles encuestas también concuerdan en una única candidata como la opción con mejores probabilidades para dar una pelea pareja de cara a dicho enfrentamiento. Una instancia en la que el centro político, pese a su tímida acogida, resultará decisivo. ¿Cuál de los dos extremos tendría mayor capacidad de seducción? ¿De qué dependería o a qué condicionarían los militantes de centro la decisión? Preguntas, simples en apariencia, lejos de ser un tema menor. Las encuestas -hay que regresar a ellas- muestran un cabeza a cabeza en el que, esta vez sí es real, cada voto cuenta.

Con un proyecto de asamblea constituyente en ciernes, el constreñimiento que a sus anchas ejercen los grupos armados y el clamor de una parte del país por el regreso de la mano dura, la contienda promete profundizar la polarización, pero, a la vez, aunque suene paradójico, cotizar al alza las voces ponderadas que disipen los temores que despiertan las orillas contrarias. Es crucial, por tanto, entender la importancia del poder de convocatoria para impedir que la ausencia de representatividad se traduzca en sufragios en blanco o, lo que es peor, en abstención.

¿Quién reviste tal cualidad? Cada uno, como elector, tendrá la respuesta. Sin embargo, no hay que perder de vista el momento presente y lo que requiere una Colombia que más se parece a la de finales de los años noventa que a la que nos prometieron íbamos a tener en pleno 2026.

La política, en mala hora, dejó de ser un oficio propio de estadistas y las consecuencias se notan.

Dicho lo anterior, el cuatrienio por comenzar será decisivo para fortalecer o transformar cimientos. Para validar o recomponer preceptos. Para madurar como sociedad o desvanecernos en el intento y seguir comiendo tanto cuento.

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