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Irán: ¿riesgo calculado o error estratégico?

Pedram Fanian

La guerra es un ejercicio de incertidumbre y riesgo gestionado. En el caso de Rusia contra Ucrania, tras cuatro años de hostilidades y 1,2 millones de muertos, la ilusión de Rusia como superpotencia se evaporó. Este error le costó a Putin aislamiento y sanciones, dejándolo dependiente de aliados vergonzosos: soldados suicidas de Kim Jong-Un y drones del ayatolá Jamenei. Los riesgos fueron tan mal calculados, y el deseo del Kremlin tan oscuro, que el futuro de Rusia como nación próspera y democrática es una posibilidad lejana. Sin su petróleo, el empobrecimiento de su población habría sido drástico.

Hoy, la operación Epic Fury, encabezada por EE.UU. e Israel contra el régimen islámico en Irán, conlleva riesgos reales que más de un analista ha comparado con el error del Kremlin. Pero esta guerra de apenas dos semanas establece un nuevo paradigma: superioridad tecnológica, militar y de inteligencia sin necesidad de invasión. Gran parte de la cúpula fue neutralizada y 85% de la infraestructura militar destruida. Con su capacidad naval diezmada, Teherán pierde su principal herramienta de presión: el control del estrecho de Ormuz, paso crítico para la estabilidad energética global.

Sin embargo, la hegemonía militar no garantiza estabilidad ni éxito. Si el conflicto se prolonga, la presión interna en Washington, el alza del combustible y la inflación podrían forzar una salida prematura de EE.UU. Si la guerra se extiende con los ayatolás debilitados, pero el régimen intacto, la Guardia Revolucionaria -más joven que los clérigos, pero igualmente cruel y ambiciosa- estaría posicionándose para tomar el poder. Otro desafío es que los países vecinos árabes podrían reaccionar militarmente -algo que Washington quiere prohibir-, pues podría despertar un nacionalismo secular persa que vería esa acción como una “conquista” histórica, evocando el siglo VII, cuando los árabes obligaron a los persas a adoptar el islam.

Una guerra prolongada también generaría más nerviosismo en Pekín, que depende del Golfo Pérsico para 5 millones de barriles de petróleo diarios y ha invertido billones en el sector energético del régimen. La diplomacia perspicaz de Marco Rubio será clave para contener los intereses de China sin ceder influencia regional.

Para evitar y manejar mejor estos escenarios, es crucial que la guerra acelere el colapso del régimen y la desobediencia de sus Fuerzas Armadas, que ya muestran señales de fractura. Así, la población civil podría establecer un gobierno de transición con apoyo de EE.UU., la ONU y la comunidad internacional. Si el cambio en Irán resulta positivo, esta operación podría pasar a la historia como uno de los riesgos mejor calculados de la historia moderna. Para Colombia, un Irán secular y estable abriría oportunidades: dejaría de apoyar a Cuba y a regímenes como el de Venezuela, la alianza Hezbolá-ELN quedaría debilitada y se abrirían posibilidades de inversión en petróleo y gas. Restablecer lazos con Israel e iniciar relaciones con un nuevo Irán fortalecería la posición colombiana frente a Washington. Tal reorientación es un hecho si la presidencia queda en manos de Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella. Si la izquierda tomara el poder, un pragmatismo afín al realismo político, libre de la óptica romántica hacia regímenes autoritarios y antiamericanos, sería necesario, aunque difícil de garantizar.

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