Analistas 10/08/2026

Cualquiera puede detener la montaña rusa

Pilar Ibáñez
Psicóloga organizacional y conferencista

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En las organizaciones solemos hablar de liderazgo, innovación y resultados. Sin embargo, existe una práctica que distingue a las culturas más maduras y seguras del mundo: la capacidad de que cualquier persona, sin importar su cargo, tenga la autoridad para decir “alto” cuando percibe un riesgo.

En parques temáticos como Disney y Universal, donde millones de personas depositan su confianza para disfrutar de una experiencia segura, la operación se sostiene sobre un principio poderoso: la seguridad está por encima de la jerarquía. Si un colaborador detecta una condición que podría comprometer la integridad de una atracción, de un visitante o de un compañero, tiene la responsabilidad de reportarla y, bajo protocolos establecidos, detener la operación hasta que la situación sea evaluada. El objetivo no es demostrar quién tiene la razón, sino evitar que un pequeño detalle se convierta en una tragedia.

Este principio debería inspirar a todas las empresas, sin importar su sector. Una organización saludable no es aquella donde nunca ocurren errores, sino aquella donde las personas se sienten seguras para hablar antes de que los errores ocurran. El problema es que en muchas compañías sucede exactamente lo contrario. Los colaboradores detectan señales de alerta, pero prefieren guardar silencio por miedo a ser ridiculizados, a recibir represalias o a ser catalogados como conflictivos, y ese silencio puede terminar costando millones de pesos, la reputación de la empresa o, en el peor de los casos, vidas humanas.

Detener la “montaña rusa” no significa que cualquier empleado pueda paralizar la operación por un capricho o una diferencia de opinión. Significa que existen criterios claros para actuar cuando aparecen riesgos relevantes. Por ejemplo, cuando se identifica un peligro para la seguridad de las personas, una posible violación legal o regulatoria, una falla técnica que puede escalar rápidamente, un incidente ético, una afectación grave a la calidad del producto o un evento que pueda comprometer seriamente la confianza de los clientes.

Para que este modelo funcione, la empresa debe definir protocolos sencillos y conocidos por todos. ¿Quién recibe la alerta? ¿Cómo se verifica? ¿Quién autoriza el reinicio de la operación? ¿Qué evidencia debe documentarse? Cuando las reglas son claras, detener una actividad deja de ser un acto de rebeldía para convertirse en una demostración de responsabilidad profesional.

Pero existe un ingrediente aún más importante: la cultura. Ningún protocolo servirá si las personas sienten que serán castigadas por levantar la mano. Los líderes tienen la enorme responsabilidad de agradecer las alertas, incluso cuando finalmente se demuestra que no existía un riesgo real. Es mucho más costoso ignorar una advertencia legítima que invertir unos minutos verificando una situación.

Quizás esa sea una de las lecciones más valiosas que podemos aprender de los grandes parques temáticos: la seguridad, la calidad y la confianza no dependen únicamente de los líderes, sino de cada persona que hace parte del sistema. Cuando cualquier colaborador tiene la posibilidad de detener la montaña rusa por una causa justificada, la empresa envía un mensaje poderoso: aquí la vida, la ética y la excelencia siempre estarán por encima de la velocidad de la operación. Al final, las organizaciones más exitosas no son las que nunca se detienen. Son aquellas que saben hacerlo a tiempo para seguir avanzando con mayor seguridad y confianza.

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