Análisis 21/09/2026

La importancia de una buena transición: Apple

Pilar Ibáñez
Psicóloga organizacional y conferencista
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Hay líderes que saben llegar, hay líderes que saben crecer, hay líderes que saben ganar. Pero son muchos menos los que saben irse. Quizás una de las pruebas más difíciles del liderazgo ocurre precisamente al final del cargo, cuando llega el momento de entregar aquello que durante años construimos, defendimos y, de alguna manera, sentimos como nuestro. Apple nos ha dejado varias lecciones sobre este tema.

Cuando Steve Jobs dejó definitivamente la dirección de la compañía, en 2011, recomendó que Tim Cook asumiera como CEO. Jobs había sido mucho más que el director de la empresa: para millones de personas, él era Apple. Su personalidad, sus presentaciones y su obsesión por el producto estaban profundamente ligadas a la identidad de la organización.
Sin embargo, una compañía que depende eternamente de su fundador termina teniendo un problema: construyó un ícono, pero no necesariamente una institución. Apple sobrevivió a Jobs y no solo eso: Tim Cook construyó su propia etapa.

Cook no intentó convertirse en un segundo Steve Jobs. Lideró de otra manera, fortaleció otras capacidades y terminó dirigiendo la firma durante quince años. En abril de 2026, la compañía anunció otra transición: él pasaría a ser presidente ejecutivo y John Ternus, hasta entonces vicepresidente sénior de Ingeniería de Hardware, se convertiría en el nuevo CEO a partir del 1 de septiembre. Apple explicó que la decisión era el resultado de un proceso de sucesión pensado durante largo tiempo, y ojo, porque es allí donde aparece una extraordinaria lección de liderazgo: una buena transición no consiste simplemente en entregar el cargo, sino también el protagonismo.

El ego siempre va a querer que irse sea difícil, especialmente cuando hemos sido exitosos. Después de años tomando decisiones, apareciendo en fotografías, recibiendo reconocimiento y siendo la persona a la que todos consultan, nuestra identidad puede empezar a confundirse con el puesto, y tengo que decirlo: eso les pasa a muchos ejecutivos. Entonces aparece una tentación muy humana: querer una última victoria, una última presentación, un último gran negocio, un último lanzamiento, una última fotografía. Queremos cerrar nuestra historia en lo más alto, y claro que se entiende.

Pero quizá el acto de liderazgo más poderoso sea exactamente el contrario: ceder esa gran oportunidad final a quien viene detrás. No porque ya no podamos aprovecharla, sino porque ahora nuestra responsabilidad es conseguir que el otro pueda hacerlo sin nosotros. Entregar un producto también puede significar entregar el escenario. En una transición bien diseñada, el nuevo líder no debería recibir únicamente las llaves de la oficina. Necesita decisiones reales, relaciones, información, legitimidad y visibilidad. Y, sobre todo, oportunidades para demostrar que puede dirigir.

Dejar brillar también es liderazgo. Así que debemos preguntarnos: ¿cuál será la primera gran victoria que voy a dejarle a quien viene después de mí? Porque algunas veces el último gran acto de un líder no consiste en subir nuevamente al escenario, sino en entregárselo al siguiente, sentarse entre el público y disfrutar viendo cómo brilla.

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