Leyendo las noticias tragicómicas de la política, llega a la mente Don Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El Quijote de la Mancha, quien entendió hace más de cuatro siglos algo que todavía no logran comprender muchos aspirantes a puestos de elección popular y cargos públicos: el poder no vuelve sabio ni rico a nadie; apenas desnuda lo que ya eran.
Entre aventuras maravillosas, diálogos sabios, molinos confundidos con gigantes y situaciones cargadas de humor, el Manco de Lepanto terminó escribiendo uno de los tratados más profundos sobre la moral pública, la ética y las miserias humanas.
Porque El Quijote no es solo una novela sobre un loco entrañable. Es, también, una advertencia.
En uno de los episodios más memorables, don Quijote convierte a Sancho Panza en gobernador de la Ínsula Barataria. Y allí ocurre el milagro literario: el hombre más simple, más sencillo, más humano y menos letrado termina dictando cátedra y dando lecciones de justicia, sensatez y decencia a muchos de los que hoy serían “doctores”, ministros, congresistas y funcionarios públicos, que jamás han podido aprender ni pagando maestrías o, como alguno dijo, “estudiando doctorado”.
Antes de nombrar a Sancho en el poder, don Quijote le da consejos que hoy deberían estar en las paredes de todas las oficinas públicas.
Le dice: “No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas”; que, traducido al castellano contemporáneo, sería: no gobierne a punta de decretos inútiles para posar de importante y poderoso.
También le advierte a Sancho: “Has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo”. Que es lo primero que olvidan muchos funcionarios apenas sienten el poder del carro oficial, el conductor abriendo puertas y los escoltas para irrespetar las señales de tránsito. Además, sintiéndose trascendentes ante el micrófono, con declaraciones sobre quién es el culpable de su ineficiencia y lo anterior adornado con fachas y vocabulario de rapero.
Pero Cervantes va más lejos, mucho más. Don Quijote le insiste a Sancho que no debe avergonzarse de sus orígenes, ya que la virtud se adquiere; refiriéndose a la calidad humana, la honestidad y el trabajo virtuoso: “La sangre se hereda y la virtud se aquista”.
Una frase devastadora para tantas charlatanerías en la política, donde creen que la narrativa reemplaza al mérito del trabajo honrado y que los abusos y la corrupción se lavan con el supuesto merecimiento y las amenazas.
Y mientras Sancho gobierna con prudencia, sentido común y honestidad, alrededor suyo aparecen los aduladores, los intrigantes y los oportunistas. Suena conocido, porque el poder tiene un poder de atracción sobre dos especies particularmente abundantes: los hoy llamados en Hispanoamérica “los enchufados” y los contratistas con “CVY” incorporado implícitamente en las cuentas de cobro.
Don Miguel de Cervantes parecía conocerlos perfectamente. Lo extraordinario es que Sancho, siendo un analfabeta ilustrado por la vida, entiende algo esencial: gobernar no es servirse del cargo, sino servir desde él. Y termina renunciando al poder porque descubre que la ambición desbordada destina a los hombres a su propia maldición.
En El Quijote también aparece otra enseñanza formidable: la diferencia entre la locura noble y la locura peligrosa. Don Quijote estaba loco, sí, pero su locura era decente, pues él quería la justicia, la protección de los débiles y la corrección de los abusos, combatiendo los problemas más grandes, que eran los gigantes imaginarios. El problema hoy es que abundan cuerdos inmorales, con palabrería de progreso, pero sin la necesidad de trabajar y con merecimiento solo para quienes han transgredido la justicia.
Y esos son más peligrosos, porque el corrupto moderno no roba avergonzado, sino convencido de que merece hacerlo. El perezoso estatal no incumple por su incapacidad, sino porque descubrió que la mediocridad casi nunca recibe castigo. Y el político sin ética ya ni siquiera disimula: aprendió que una buena estrategia digital puede distraer o esconder por siempre cualquier indecencia.
Pero Cervantes deja una certeza tranquilizadora: el tiempo termina desenmascarando a todos:
Los farsantes caen.
Los arrogantes se marchitan y marchitan a sus seres queridos.
Los tramposos terminan atrapados en sus propias mentiras.
Y los que confundieron el poder con impunidad descubren demasiado tarde que la historia suele ser un juez más severo que los tribunales.
Y al final, cuando se apagan los escoltas, se desmontan las tarimas y dejan de sonar los aplausos alquilados, cada servidor público mediocre o torcido termina enfrentándose al único espejo imposible de manipular: su conciencia.