En momentos de confusión, para aclarar la mente y entender qué es lo que realmente se quiere, suele ser más efectivo comenzar la reflexión por lo contrario: identificar qué es lo que no se quiere. Por ejemplo, en América Latina hay un consenso tácito bastante amplio: nadie quiere terminar como Venezuela, Cuba o Nicaragua.
Pese a las insólitas cortinas de humo de los aliados de estos regímenes, diseñadas para distraer y relativizar sus desmanes, cuando Cuba se libere, o la liberen, quedarán aún más en evidencia los abusos, la violencia y el carácter sistemático de las violaciones a los derechos humanos. Será un motivo adicional para entender por qué en América Latina no han logrado reencauchar los viejos movimientos antiyanquis y, por el contrario, cada vez son más quienes quieren ser (los que migran) o parecer (los que se visten y comen como gringos).
Vale la pena traer a colación los años cincuenta, cuando los movimientos estudiantiles defendían ideales políticos socialistas, muy distintos a los de los setenta, cuando fueron capitalizados por China, Rusia y Cuba para promover actos violentos en nombre de la revolución. En la versión romántica latinoamericana, los eventos se animaban con música de protesta y la consigna “Yankee, go home”. Hoy, tras el desencanto y el dolor acumulado por lo ocurrido en Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros experimentos fallidos, bastó anunciar la captura del dictador Maduro para que venezolanos y suramericanos en todo el mundo celebraran el fin de la tiranía, con la esperanza de la liberación total de los presos políticos y la reconstrucción del país.
Las expectativas políticas se resumen en la reincorporación de la democracia y de la economía, es decir, de la libertad, que con un marco jurídico serio y apropiado podrá florecer nuevamente. También regresarán el talento y la experiencia de quienes llevaron a ese país a ser la nación que fue. La gran preocupación, entonces, es la administración pública tras casi treinta años de corrupción estructural, incompetencia económica y abusos desde el aparato judicial y las fuerzas de seguridad.
Increíblemente, algunos gobiernos y sectores en Europa fingen no saber lo que ocurrió e incluso emiten comentarios e interpretaciones sobre las jurisdicciones universales de los derechos humanos y sobre lo que “debió haber sido” la liberación del régimen ilegítimo en Venezuela. En América Latina, en cambio, todos saben qué corre por las venas de quienes destruyeron recursos, derechos, instituciones, familias y hasta la dignidad de ese país, con la macabra ayuda de otros regímenes.
Expuesto lo anterior, América Latina se ha convertido en la tumba de la extrema izquierda: la que llegó con teorías y prácticas leninistas y estalinistas, tropicalizadas por el clan castro-chavista. Este adefesio es la vergüenza del socialismo ilustrado heredado de humanistas e intelectuales que proponían igualdad de oportunidades y justicia social. No es gratuito que tenga como aliados a los islamistas de Teherán, al totalitarismo ruso y al comunismo maoísta. En esta ecuación queda claro por qué esta fórmula es la enemiga más peligrosa de la democracia y la libertad y, en consecuencia, la que abre la puerta a las acciones del gobierno de los Estados Unidos y al respaldo de América Latina y de los movimientos libertarios del mundo.
Trump, además de ser un negociador pragmático y sin filtros para decir lo que piensa, ha manifestado su preocupación por el crecimiento de la inmigración proveniente de países que considera una amenaza y asume una misión casi mesiánica de defender y guiar a su pueblo hacia una tierra prometida. Esta hipótesis refuerza la importancia, para el gobierno norteamericano, de generar alianzas con quienes comparten su visión y apoyan sus cruzadas.
Sin embargo, pese a lo ocurrido recientemente en Venezuela y a la comprensible cautela frente a la profundidad del daño causado por el régimen, el continente vive un momento distinto. Por primera vez en muchos años, la esperanza no es un gesto retórico sino una posibilidad concreta que se construye. La democracia, cuando reaparece, suele hacerlo con fuerza renovada; la libertad, una vez recuperada, convoca talento, inversión y reconciliación; y el desarrollo incluyente deja de ser consigna para convertirse en proyecto.
América Latina ha aprendido, a un costo alto en dolor, que enseña que no hay atajos ideológicos que sustituyan a las instituciones, ni redenciones colectivas sin Estado de derecho. Ese aprendizaje, finalmente, es una buena noticia. Y quizá, esta vez, sí estemos empezando a hacerlo bien, eligiendo bien.