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Hay momentos en la historia en los que defender una frontera significa mucho más que proteger un territorio.
Ceuta y Melilla son dos pequeñas ciudades españolas enclavadas en el norte de África, enfrente de las costas peninsulares de de España, apenas 14, 15 km, y que fueron de Portugal, antes del descubrimiento de América, hasta 1580, que pasa a ser de España con Felipe II, por la unificación de las coronas de España y Portugal.
Puntos diminutos en el mapa, pero enormes cuando se trata de entender lo ocurrido con la invasión de mas de 80.000 personas y más de 100 muertos, y que esa amenaza es parte de la estratagema intestina en contra la soberanía, la identidad y la democracia española.
Las democracias rara vez mueren de un día para otro. El deterioro suele el resultado de un camino planeado y tortuoso: se desacredita al juez que incomoda, se descalifica al periodista que pregunta, se convierte al adversario en enemigo y se colonizan las instituciones. Hasta que el ciudadano descubre que, aunque todavía puede votar, cada vez tiene menos capacidad de decidir para mejorar su calidad de vida.
América Latina ha sufrido ese camino. Cuba, Venezuela y Nicaragua muestran lo que ocurre cuando los caudillos dejan de entenderse como un mandatarios temporales y comienzan a asumirse como un dictadores. Cuando el gobierno de turno sustituye a la sociedad, las empresas y los empresarios se convierten en sospechosas, la iniciativa privada en enemiga y la discrepancia en amenaza.
Y cuando se destruye la empresa, desaparecen empleos, inversión, oportunidades y, finalmente, la esperanza de millones de personas que solo quieren trabajar, tener garantías, certidumbre y vivir dignamente.
Por eso resulta preocupante que algunos políticos demagógicos sigan mirando hacia esos regímenes fracasados como modelos que dejen algo positivo.
Recientemente, y por estas latitudes, aparecieron unas historias diferentes, donde sociedades, pese al aplastante poder del establecimiento, dijeron basta. Ciudadanos que, después de sufrir corrupción, inseguridad, pobreza, improvisación y abuso de poder, decidieron buscar dirigentes distintos.
Argentina, Ecuador, Perú y Colombia son países que han vivido, con diferentes intensidades y resultados, el surgimiento de nuevos liderazgos nacidos de una misma necesidad: recuperar el futuro.
Los nuevos liderazgos latinoamericanos son la respuesta de ciudadanos que se niegan a aceptar que la pobreza sea un destino, la corrupción una costumbre o el autoritarismo la única forma de gobernar. Su desafío es enorme: no basta con ganar elecciones. Deben reconstruir la confianza, recuperar la seguridad, atraer inversión, defender la libertad de empresa y demostrar que el desarrollo puede ser una oportunidad para todos.
También deben comprender que la democracia no se salva concentrando el poder en un nuevo presidente, sino fortaleciendo las instituciones desde lo local y permitiendo que los ciudadanos puedan volver tener opciones para elegir.
España tambien viene atravesando una etapa compleja, marcada por tensiones territoriales separatistas, enfrentamientos políticos y crisis provocadas por la inexperiencia de funcionarios y actos malintencionados, aparentemente insulsos, pero con segundas intenciones.
En medio de esa tensión, Felipe VI, como lo permite la constitución que forjó su padre junto con grandes hombres, ha defendido la unidad, la legalidad y la estabilidad institucional de ese país.
España ya vivió un momento en el que la democracia tuvo que demostrar de qué estaba hecha. El 23 de febrero de 1981, durante el intento de golpe de Estado encabezado por Antonio Tejero, la democracia española estuvo en peligro. El entonces rey don Juan Carlos I, nuevamente convencido de las virtudes democráticas, asumió heroica y públicamente la defensa del orden constitucional.
Hoy el mundo libre está viendo su hijo afrontar, uno tras otro, desafío impuesto por otro de los gobiernos actuales de las improvisaciones, la falta de preparación y actos que son motivo de investigaciones.
Felipe VI no es un dirigente partidista, es el garante del Estado y el símbolo de la continuidad institucional. Por eso, cuando defiende la legalidad constitucional, su posición trasciende la disputa política del momento. No se trata de defender a un partido, sino el marco que permite que todos compitan, que todos los verdaderos ciudadanos voten con garantías y que todos los territorios sigan formando parte de una misma comunidad, cultura e historia.
El mundo que viene exigirá sociedades eficientes, educadas, seguras y abiertas a la innovación. Los países que ahuyenten empresarios, investigadores, inversionistas y jóvenes talentosos pagarán una factura enorme.
El progreso y la unidad de país no se decretan, se construyen con educación, empresas, trabajadores, ciencia, infraestructura, seguridad, instituciones y confianza.
Y la confianza tiene una condición indispensable: saber que nadie está por encima de la ley.
Ceuta y Melilla son, por eso, algo más que una frontera española. Recuerdan que defender un país no consiste únicamente en proteger sus límites geográficos, sino también las reglas que permiten a sus ciudadanos vivir tranquilos, seguros y libres dentro de ellos.
Las fronteras físicas se defienden con policías, soldados y acuerdos internacionales. Las fronteras de la democracia se protegen con ciudadanos, jueces, periodistas, empresarios, universidades, trabajadores e instituciones. Y, sobre todo, con líderes que comprendan que el poder no les pertenece. Pertenece a los ciudadanos.
La frontera más importante no está en el Mediterráneo, los Pirineos, las selvas o las costas. Está dentro de cada sociedad. Es la línea invisible que separa la libertad del sometimiento, la democracia del autoritarismo y el progreso de la pobreza.
Esa si es la última frontera.