Analistas 10/05/2026

Las tetas de mis vacas

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

Hay una idea popularizada y casi convertida en verdad de puño, que se recita con total convicción: “con el dinero del gobierno”. Como si existieran unas vacas generosas en los parqueaderos de los edificios públicos, a las que el presidente y sus ministros de turno pudieran ordeñarles billetes para todo lo que se les ocurre: ojalá fuera para la salud, la justicia, la seguridad o las pensiones, pero pareciera que con frecuencia es para nóminas y contratos… y, en algunos casos menos edificantes, para el despilfarro y la corrupción.

Por estos días es menester decirlo sin rodeos: el gobierno no produce ni un solo peso. No cultiva, no fabrica, no transporta, no comercia, no exporta, no explora; no madruga a abrir una empresa ni se desvela con la angustia de cumplirle a sus empleados, proveedores y, por supuesto al mismo gobierno, que cada vez ayuda menos y exige más. Para que quede claro: el gobierno solo administra el dinero que ciudadanos y empresas le tributan. Su función es administrar, de la manera más efectiva, ética y equitativa, los recursos que previamente han producido empresas y personas.

Dicho de forma directa: ningún gobierno genera riqueza; la recauda y la gasta.

Así de claro, el dinero público proviene de dos fuentes bien conocidas: empresas que arriesgan capital y personas que trabajan. De ahí salen el IVA, la renta, los aportes, las regalías y todos los demás impuestos que sostienen el edificio institucional. Sin esa base productiva no hay presupuesto, no hay soberanía, no hay Estado.

Por eso resulta curioso, por no decir tragicómico, que en ciertos escenarios se trate a las empresas y a los empresarios como si fueran el problema, cuando son, precisamente, la condición de posibilidad de casi todo lo bueno. Es culpar al tendero, al agricultor, al minero legal, al mecánico del taller o al empresario de la confección de ambiciosos, indolentes e inescrupulosos.

El economista Milton Friedman lo dijo sin rodeos: “No hay almuerzo gratis”. Cada peso que gasta el Estado tiene origen en el esfuerzo de alguien. Y ex primer ministro británica Margaret Thatcher, con su estilo directo, afirmó: “El problema del socialismo es que eventualmente se le acaba el dinero de los demás”. Más allá de la ideología, ambas frases apuntan a una verdad elemental: no hay recursos sin creación previa por parte de empresarios y ciudadanos.

Aquí es donde conviene introducir una palabra poderosa, a menudo manoseada por quienes desconfían de la democracia: Libertad.

La libertad, en el marco de un capitalismo responsable, es un sistema con reglas claras donde millones de decisiones individuales como comprar, vender, innovar, invertir, producir y asesorar construyen la salud de la economía de los países y el mundo. Y donde se espera, con razón, que el gobierno de turno promueva e incentive esas actividades. Lo que debería ser evidente para la política es que, a mayor número de empresas, mayores recursos para el Estado y, en consecuencia, más capacidad para garantizar bienestar a todos los ciudadanos, sin importar su condición, creencias, gustos, género, raza o historia. Es la lógica de la ética económica.

El libre mercado, cuando está bien regulado , que no es lo mismo que sobre regulado, es el mayor generador de prosperidad que ha conocido la humanidad. Ha sacado a millones de personas de la pobreza y de la vulnerabilidad; ha multiplicado el acceso a bienes y servicios y ha elevado los estándares de vida, como lo evidencian los indicadores de calidad de vida, estrechamente ligados a la democracia.

Cuando se sataniza a la empresa, no se insulta a una abstracción: se golpea el empleo, a los trabajadores, la inversión, a los inversionistas y la innovación. En últimas, es un ejercicio de harakiri económico: sin recursos, se evapora la posibilidad del bienestar colectivo.

La ecuación es simple, aunque a algunos les incomode: sin empresas no hay impuestos; sin impuestos no hay gobierno; y sin gobierno hay más violencia, más enfermedad y más abandono de los más vulnerables. Pretender lo contrario es como querer cosechar sin sembrar o no tener enfermedades sin conocimiento ni medicinas.

La verdadera pregunta es si queremos un país que produzca riqueza con libertad de mercado para luego distribuirla con sensatez y transparencia, o uno que reparta escasez sin criterio, sin equidad y con resentimiento.

Porque, por más discursos y promesas, las vacas invisibles no existen. Y las reales tienen dueño, trabajan, generan empleo digno …y son los que pagan los impuestos.

 

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