He visitado en Madrid una de las tres residencias de la familia Pérez por un encargo de un niño y llegué con el recuerdo de esas largas noches cuando dejaba un diente bajo la almohada. Ese pequeño pacto (un diente por un regalo), en el mundo hispano, lo personifica el entrañable Ratón Pérez y, en los países anglosajones, llega la Tooth Fairy, el Hada de los Dientes. Cambian los personajes, pero no la lección.
La noche en que un niño deja un diente bajo la almohada ocurre algo más importante que un simple ritual familiar. Los hermanos mayores y los adultos les regalan una sonrisa cómplice; sin embargo, quizá haya que tomar conciencia de que se está participando en una de las inversiones más rentables que puede hacer una familia: alimentar la imaginación.
La infancia siempre ha sido el territorio de las preguntas imposibles. ¿Por dónde entra el Ratón Pérez? ¿Dónde guarda los millones de dientes? ¿Qué hace con tantos dientes? Nadie tiene las mismas respuestas, pero lo importante no es explicar el misterio, sino reconocerles lo bien que se ven muecos y felicitarlos por los próximos dientes que están por salir. El aprendizaje es claro: el cambio y el crecimiento cuestan, pero siempre traen buenas sorpresas.
Paradójicamente, los niños actuales están creciendo en una época en la que nunca hubo tanta información y, al mismo tiempo, tan poco espacio para el asombro. Las redes sociales responden antes de que aparezcan las preguntas y los algoritmos les imponen sus gustos.
En la educación escolar se les exige a los niños hacer esfuerzos importantes, se les mide con indicadores estandarizados, se les hacen evaluaciones rígidas, se comparan sus resultados y se les condena con una clasificación. Todo termina pareciendo un método rígido cuyo objetivo pareciera ser acelerar el llenado con información y uniformar las personalidades.
En el mundo actual, las personas más felices y exitosas son las que tienen la capacidad de innovar, y eso solamente se logra si se incentiva y se provoca la imaginación desde la niñez. Ningún científico habría descubierto la cura para una enfermedad si antes no hubiera imaginado cómo prevenirla o vencerla. Ningún emprendedor habría creado una empresa si no hubiera visto un mundo diferente del existente. Ningún artista habría hecho una obra memorable sin conservar intacta una parte de ese niño que alguna vez creyó en lo inverosímil.
La imaginación no es lo contrario del conocimiento; es su punto de partida.
Los niños merecen habitar, durante algunos años, un mundo donde la fantasía todavía tenga derecho de ciudadanía. Ya tendrán tiempo para descubrir, y recordar con una sonrisa, que ese fue otro de los regalos que les dejaron sus padres. Lo importante es que, cuando llegue ese momento, también comprendan que el verdadero obsequio nunca fue la moneda debajo de la almohada, sino la importancia de convertir la fantasía en realidades maravillosas.
Quizá el mayor desafío de esta época no sea criar niños que sepan todas las respuestas, sino niños íntegros y felices que conserven el deseo de seguir haciéndose preguntas y de seguir haciéndolas al mundo.