Analistas 09/08/2026

Los sonidos del silencio

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

No es una exageración literaria afirmar que hay personas que usted conoce y que pueden pasar semanas enteras sin que nadie pronuncie su nombre. La humanidad nunca había vivido tan junta… y tan sola.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la soledad y el aislamiento social constituyen uno de los grandes retos para la salud pública del siglo XXI. Estudios concluyen que una de cada seis personas experimenta niveles de soledad, y que sus efectos están asociados con miles de muertes cada año. El aislamiento aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad y muerte prematura.

La profesora Julianne Holt-Lunstad, de Brigham Young University, concluyó que el aislamiento social incrementa el riesgo de mortalidad en una magnitud comparable a la de una epidemia.

El psiquiatra Robert Waldinger, director del estudio sobre desarrollo humano de la Universidad de Harvard llegó a una conclusión contundente: una vida larga y plena no depende de su posición economica ni del éxito profesional, sino de la calidad de las relaciones personales.

Para comunicarse hoy existen redes sociales, videollamadas e incluso inteligencia artificial, sin embargo, una gran cantidad de jóvenes pasan días y semanas conectados sin experimentar una conversación relevante. Acumulan seguidores, pero carecen de confidentes y afecto; reciben decenas de “likes”, pero pocas veces hablan con alguien sobre sus sentimientos o su salud emocional.

En 2018, el Reino Unido creó la Secretaría de Estado para la Soledad cuyo objetivo no era hacer amigos desde el Estado, sino coordinar políticas públicas para fortalecer bibliotecas, actividades de recreación, programas de voluntariado, espacios públicos y redes vecinales. El mensaje es poderoso: combatir la soledad también significa prevenir enfermedades, reducir la carga sobre el sistema de salud y reconstruir el capital social.

Japón tiene ya una palabra que estremece: kodokushi, “morir en soledad”. El fenómeno comenzó a llamar la atención en la década de 1980 y hoy afecta a miles de personas cada año. En 2024, la Policía reveló que más de 76.000 personas murieron solas en sus hogares y fueron encontradas tiempo después; cerca del 80 % tenía 65 años o más. En uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo, muchos alcanzan los noventa años, pero algunos lo hacen sin una motivación… y sin una sola persona que les tome la mano.

La soledad ya no distingue condiciones sociales ni edades, es una consecuencia inesperada de una sociedad que optimizó la eficiencia y el éxito personal, pero debilitó el relacionamiento social y el sentido de comunidad solidaria. La tecnología multiplicó las conexiones digitales mientras se reducen los contactos humanos.

Por todo ello resulta especialmente pertinente la invitación que el Papa León XIV propuso para este mes de agosto: rezar “por la evangelización en la ciudad”. Más allá de un mensaje espiritual es la invitación consiste en recuperar algo profundamente humano: construir hogares abiertos y acogedores, “donde nadie se sienta invisible”. Es una frase tan sencilla como contundente, porque plantea una tarea que nos corresponde a todos.

La solución a esta epidemia no llegará únicamente desde los hospitales ni desde las estadisticas. También dependerá de usted y de su familia, que deben volver a sentarse a la mesa, quizá invitando a un amigo, al nieto que llama a sus abuelos, al café compartido con un compañero de trabajo. Hoy entendemos que el bienestar también consiste en crear comunidades que decidan mirarse a los ojos antes que a las pantallas.

Algunas ciudades han decidido no resignarse. En París funcionan iniciativas como Paris en Campaigne, donde voluntarios acompañan a personas mayores a una consulta médica, a caminar por un parque o, simplemente, a conversar durante un café. Barcelona, por su parte, impulsa el programa Radars, que es una red de vecinos y servicios sociales que permanece atenta a los que viven solos. A veces, el gesto más humano consiste simplemente en hacerle saber a alguien que existe.

Quizá el mayor avance del siglo XXI no consista en crear máquinas capaces de hablar con nosotros, sino en lograr que los seres humanos vuelvan a conversar entre sí.

TEMAS


Domingo Económico - Soledad