Los que estamos o hemos estado en empresas con metas “retantes pero alcanzables” sabemos que si hubiera una temporada de huracanes corporativos, noviembre sería su categoría cinco. Es el mes en que los indicadores se ponen nerviosos, los presupuestos empiezan a sudar y los directivos descubren que el año se está acabando y todavía faltan varios milagros por realizar.
A partir de este mes todo es urgente, importante, estratégico e inexcusable. Hay que cumplir y presentar los presupuestos, alcanzar, o mejor, exceder las metas y por supuesto … la consigna es “sacarla des estadio”.
En este mes aparecen las reuniones extraordinarias, los comités de seguimiento para discutir de los tableros de control descontrolados y de los correos con signos de admiración. Los mensajes comienzan a incluir expresiones como “hay que dar la milla extra”… y así el proceso en cascada se convierte en quien le “casca” a quien.
Los equipos hacen sus últimas cuentas para presentar el actual presupuesto y el del año siguiente, que debe ser ambicioso pero austero, una combinación que, en ocasiones, parece más difícil que encontrar petróleo en la terraza de la oficina. Los proyectos intentan cerrar con broche de oro y las operaciones descubren que todavía hay pendientes que estaban planeados para enero de este año.
Pero el modo pánico no termina ahí, el equipo recursos humanos, como es tradición también anuncia que llegó la hora de las evaluaciones de desempeño. Es el momento de calificar a quienes que aunque recibieron retroalimentación, ahora deben demostrar con hechos y datos sus competencias, liderazgo, trabajo en equipo, orientación a resultados, capacidad de adaptación al cambio y la camiseta sudada. Todo en un formato inventado por el enemigo que, ojalá este año, no tenga más de veinte pantallazos.
Y como si faltara algo, aparece el plan de capacitación. Hay que recuperar los cursos que no se hicieron; las competencias que no se desarrollaron y las habilidades que quedaron pendientes. En cuestión de días, los empleados deben convertirse en expertos en inteligencia artificial, liderazgo consciente, finanzas para no financieros, innovación, transformación digital, comunicación asertiva y bienestar emocional. Qué maravilla, después de diez meses sin encontrar espacio en la agenda, ahora resulta que todos se pueden capacitar mientras cumplen los presupuestos, las metas, las evaluaciones de desempeño, etc, etc.
La industria y los gremios también deben cumplir sus planes y no se quedan atrás y noviembre es temporada alta de congresos, foros, encuentros, seminarios y convenciones y lo mejor llega con las invitaciones a los eventos internacionales, los que nadie se atreve a perderse. Allí se presentan las tendencias del próximo año, se anuncian grandes transformaciones, se intercambian tarjetas y se pronuncian discursos sobre el futuro. Todo ello mientras los asistentes miran discretamente el celular para saber si finalmente se cerró aquel asunto pendiente que debía salvar el trimestre.
Por supuesto, planear, medir, evaluar y exigir resultados es indispensable. El expresidente y General de los Estados Unidos D Eisenhower dejó una reflexión que vale la pena recordar: “Los planes son inútiles, pero planificar lo es todo” y Peter Drucker advertía que los planes son apenas buenas intenciones si no se convierten en trabajo.
La lección de noviembre está en que no se trata de correr desesperadamente como una gallina en un incendio durante las últimas semanas para compensar lo que no se hizo o no tuvo trazabilidad durante el año. Tampoco de confundir productividad con agotamiento, compromiso con disponibilidad permanente o liderazgo con llenar las agendas de reuniones.
Porque, al final, una empresa no debería medir su éxito por la cantidad de funcionarios que sobrevivieron a noviembre, sino por los resultados que se lograron sin perder el camino, sin atropellar las personas y sin arriesgar los principios que aseguran la sostenibilidad y el largo plazo