Analistas 15/02/2026

Por qué no te callas

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

Muchos recordamos las noticias y titulares en noviembre de 1975, cuando el recién coronado Rey de España, de 37 años de edad, anunció la decisión de iniciar una transición; en 1976, ante el Congreso de los Estados Unidos, anunció la apertura a la democracia; en 1977, las noticias registraron la decisión de aceptar el regreso a España del Partido Comunista (con la solicitud del Rey de intercesión a Ceaușescu).

Todas estas decisiones fueron tomadas por don Juan Carlos I solo, sin camarillas, sin muertos, pero con un propósito claro. El resultado fue la aprobación del referendo el 6 de diciembre y sancionada el 27 de 1978. Años después (1981), lo vimos de nuevo cómo ese gran líder que desvertebró el golpe de Estado, relevando el sentido de la democracia y el apoyo al Congreso elegido democráticamente.

Asimismo, sacó a España de 40 años de encierro en escenarios como la solicitud para ser parte de la Comunidad Económica Europea en1977 que llevo al tratado firmado en 1986, en los múltiples viajes internacionales y, con especial recordación, en la clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana en 2007, en Chile, donde, ante la ignorancia e impertinencia del dictador venezolano, le exigió respeto con el famoso “por qué no te callas”.

También vimos el gran protagonismo y liderazgo en los Juegos Olímpicos de Verano de 1992 y en la Expo Sevilla, que transformó la ciudad, además del legado en infraestructura vial y férrea de alta velocidad. Hoy, a sus 88 años, podemos afirmar que pocos reyes han hecho tanto por su pueblo ni por la democracia, y sin duda el rey don Juan Carlos I es uno de los liderazgos políticos más decisivos del siglo XX.

Nacido en Italia y considerado un heredero insignificante, con 10 años llegó a Madrid en tren, después de una guerra que había dejado 500.000 muertos y otro tanto de exiliados. El 22 de noviembre de 1975, cuando Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey, su padre, don Juan de Borbón, además de estar exiliado en otro país desde la toma del poder de Franco, no volvió a hablarle por años.

Heredó un país institucionalmente diseñado para perpetuar la dictadura del franquismo. Tenía en sus manos todos los instrumentos para convertirse en un monarca continuista y, contra todo pronóstico, no lo hizo. Él, absolutamente solo y con su criterio, se acompañó de personas que conoció y admiró en su corto trasegar, como Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda, entre otras personalidades que también creían en la democracia y la libertad. El rey logró una democracia “de la ley a la ley y con la ley”, asumiendo riesgos personales frente a oposiciones dentro del Gobierno franquista y los atentados y amenazas del terrorismo de ETA, que tiene en su haber más de 800 víctimas.

La Ley para la Reforma Política de 1976, que marcó el fin del franquismo, fue mucho más que un trámite técnico: fue una estrategia audaz que abrió el camino a elecciones libres, a la legalización de los partidos políticos, incluidos el Partido Socialista y el Partido Comunista, los cuales aprobaron la Constitución democrática en 1978. Don Juan Carlos I entendió que la estabilidad solo podía construirse sobre el consenso y la unión, y no sobre el odio y la venganza; algo excepcional en una Europa con dolores, mutilada por los soviéticos y en un país con lágrimas, aún existentes, de la guerra civil, la dictadura y el terrorismo.

Lamentablemente un acto de corrupción empañó el final de su vida pública y lo llevó a un exilio tan doloroso como elocuente. Pero reducir su trayectoria a ese episodio sería una injusticia histórica. El balance nunca debe olvidar el valor de haber defendido la unidad, haber alentado una Constitución democrática ejemplar, resistido al terrorismo y frustrado las ambiciones de extremistas y separatistas.

Hoy, cuando el Rey es ya un hombre mayor, España debería preguntarse no cómo juzgarlo, sino cómo recordarlo. Las democracias maduras saben reconocer a quienes las hicieron posibles, incluso cuando esos protagonistas no fueron perfectos.

Amigos de la libertad y la democracia, les ha llegado el momento de pensar en el homenaje, en el reconocimiento y en el sepelio que merece un hombre cuyo peso histórico trasciende coyunturas, naciones y pasiones: el de un rey que se ganó su corona a pulso por lo que hizo por la democracia, su país, el desarrollo y el bienestar de sus ciudadanos. La revista Time no exageró al definirlo, en palabras de Howard Chua-Eoan, como “uno de los héroes más improbables e inspiradores de la libertad del siglo XX”.

 

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