Ser profesor en estos tiempos es cada vez más exigente. La información, los análisis y hasta las tareas están a un doble clic de distancia. Sin embargo, captar la atención de los estudiantes parece una misión imposible: mientras el profesor explica, en la misma pantalla donde toman sus apuntes compiten WhatsApp, Instagram, los videojuegos y hasta Temu. El resultado es evidente: menos atención, menor participación y ausencia de debate.
A esto se suma una dificultad mayor: llamar la atención de los alumnos puede interpretarse como una agresión o una ofensa. Y si el episodio se graba y se comparte en redes sociales, las burlas, los insultos y la exposición pública del docente pueden alcanzar dimensiones insospechadas.
Preguntemos a cualquier persona por el profesor que más recuerda, admira o le inspira. Con toda seguridad, aparecerá aquel que más le enseñó, que le exigió en lo académico, lo artístico o lo deportivo y que potenció sus capacidades. También recordará sus exigencias, sus retadoras tareas, sus estresantes debates y, para completar el combo, aquellas «vaciadas» que, con el tiempo y la perspectiva, adquirieron su verdadero significado en el aprendizaje académico y en la vida.
No hay innovación pedagógica que prospere donde nadie puede dar clase. Si el profesor no puede pedir atención, evitar las interrupciones y frenar las provocaciones, el aprendizaje termina siendo rehén de quienes menos dispuestos están a aprender.
Ningún sistema educativo funciona adecuadamente sin autoridad docente. Autoridad significa reconocer que el profesor tiene la responsabilidad de conducir la clase, transmitir conocimientos, establecer reglas y garantizar que todos tengan la oportunidad de aprender.
En nombre de una igualdad mal entendida, se ha llegado a presentar cualquier límite como algo negativo, como si decir «NO», pedir silencio o establecer una consecuencia fuera incompatible con una educación afectuosa. Es exactamente lo contrario: el límite también es una expresión del cuidado. Todos necesitamos aprender qué podemos hacer, qué no y cuáles son las consecuencias de cruzar determinadas líneas.
Los estudiantes necesitan profesores cultos, preparados, respetuosos, empáticos y capaces de escuchar. Pero también necesitan docentes con carácter, que sepan decir sin miedo: «Hasta aquí». Una escuela sin límites no es una escuela más amorosa: es una escuela mediocre.
Si cada vez que un profesor pone un límite a nuestros hijos salimos a atacarlo sin escuchar su versión, debilitamos las bases de la educación. Peor aún, enseñamos una lección equivocada: que siempre es posible desautorizar al otro para salirse con la suya, incluso cuando no se tiene la razón… Cuando los adultos compiten por la aprobación de un niño, todos pierden, especialmente el niño.
Cada familia tiene sus propias experiencias y convicciones sobre lo que significa educar bien. Sin embargo, la educación no puede convertirse en un servicio diseñado a la medida de cada preferencia. No todo lo que se enseña será del gusto de los estudiantes o de sus padres, ni todas las exigencias resultarán cómodas. Las instituciones educativas, deportivas y artísticas son comunidades que necesitan reglas, equidad (no igualdad) y respeto mutuo.
Podemos debatir sobre calidad, innovación y motivación, pero ninguna pedagogía funciona en medio de la indisciplina, las desautorizaciones y el matoneo.
La autoridad no es autoritarismo, así como la libertad no significa hacer lo que venga en gana. Educar es preparar para la vida, y la vida exige responsabilidad, convivencia y respeto por los demás.
Quizás el mejor homenaje que podemos hacerles hoy a nuestros profesores sea devolverles la confianza y la tranquilidad necesarias para enseñar. Los estudiantes necesitan adultos que los comprendan, sí, pero también que los orienten, les exijan y les enseñen sus derechos y deberes desde la perspectiva de la justicia y el respeto.
Si para enseñar hay que pedir permiso y para aprender no hay que prestar atención, estamos graduando a los mejores intolerantes a los límites.