Prohibido equivocarse: versión planificación familiar
Hasta no hace muchos años, los noviazgos transcurrían, cada cual desde su casa, con visitas y permisos de los padres, hasta que se concertaba el matrimonio en el momento ideal. La ceremonia era el permiso para que los novios se fueran a formar una familia, donde los hijos eran casi un paso natural en la biografía adulta.
Para las nuevas generaciones, el camino se volvió más complejo, pues, aunque conviven desde antes del matrimonio, los contextos de incertidumbre económica, inestabilidad laboral, alto costo de la vivienda y la comparación con su círculo cercano hacen que las trayectorias vitales sean mucho menos previsibles que las de sus padres o abuelos.
Aun cuando otras épocas fueron más difíciles, la generación actual parece responder a estas incertidumbres con mayores exigencias y expectativas frente a decisiones vitales. En ese escenario, la decisión de tener hijos, que implica un cambio radical de rutinas y prioridades, así como responsabilidades afectivas y económicas, suele convertirse en una decisión más asociada al sacrificio que a la ilusión.
La presión por hacerlo todo bien, derivada de la crianza que recibieron y reforzada por la avalancha de información, recomendaciones y modelos a los que están expuestos en redes sociales, multiplica las comparaciones y los estándares de “crianza exitosa”. Paradójicamente, los padres de estos jóvenes ya también creen que nunca fue tan difícil tener hijos, pues para todo hay una nueva hipótesis médica, psicológica, afectiva, nutricional, etcétera, etcétera…
Como si lo anterior no fuera suficiente, la crianza dejó de ser un asunto íntimo y familiar: se convirtió en un evento público. Hoy, muchas personas comparten fotos, videos, historias y experiencias familiares en redes sociales sin mayor consideración ni prudencia. Pareciera que el único filtro y la única intención es evidenciar, ante unos pocos conocidos importantes y muchos desconocidos irrelevantes, que todos los momentos son exitosos.
Mientras tanto, en la realidad del mundo verdadero, donde existe el sacrificio con pasión, el error con las mejores intenciones, que es el que enseña, y la convivencia en medio de las crisis cotidianas que se resuelven con amor, van convirtiendo a los niños en los verdaderos protagonistas de la vida de las parejas, que, más allá de la perfección, van creciendo en humanidad, ternura, fe y confianza.
El otro fenómeno, silencioso y maravilloso, es la cercanía de las familias que disfrutan de corazón las buenas nuevas, las historias y las reminiscencias de abuelos, hermanos, hijos y sobrinos, que también quieren ser protagonistas de la felicidad de estos nuevos miembros. Lamentablemente, en muchas familias existen grados de dispersión geográfica: viven en otras ciudades o países, perdiendo así la posibilidad de seguir tejiendo esa red única que solo se construye con el contacto real. Esta ausencia de familia cercana se traduce, para las parejas jóvenes, en más responsabilidad, pues no tienen a mano la ayuda, la experiencia ni el apoyo incondicional.
Es por eso que, en esta actualidad incierta y exigente, muchas parejas encuentran en las mascotas una forma de relación afectiva que implica compromiso y vínculo emocional, pero no exige grandes cambios ni supone las mismas incertidumbres económicas, educativas y sociales que tener un hijo. Perros y gatos ofrecen un vínculo intenso, pero más predecible: una manera de tener compañía y de imaginar la vida familiar.
Mas importante que explicarnos por qué ha bajado los índices de natalidad, debemos, los padres mayores, encontrar soluciones a las causas raíces: ayudar con las expectativas, facilitar la previsibilidad, fortalecer la confianza y alentar el deseo autentico de hacer familia. Recuperar la ilusión de construir hogares no requiere condiciones ideales ni certezas absolutas, sino vínculos, comunidad familiar y la convicción de que criar, que, como tantas otras cosas importantes en la vida, no debe espera el momento perfecto.