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Se ha convertido en una rutina levantarse, dar gracias por la vida e inmediatamente después, conectarse con las noticias del mundo. Entonces aparece la paradoja: empezar el día agradeciendo estar vivos y, pocos minutos después, sentir que se vive al borde de un montón de situaciones aterradoras.
Las primeras noticias suelen llegar acompañadas de terremotos, incendios, guerras y situaciones amenazantes de los más “sabios y poderosos”; pero en medio de esa incertidumbre siempre aparece la extraordinaria y poderosa capacidad humana.
Después de un terremoto, por ejemplo, se descubre que en las noticias también muestran las manos que levantan a quienes quedaron devastados por la tragedia. Son los miles de voluntarios que llegan sin que nadie los llame, son las empresas que ponen sus recursos al servicio de la emergencia, son las instituciones que funcionan como debe ser … al servicio de la vida.
Sin lugar a dudas debemos prestar más atención a esa parte de las noticias.
También están los incendios que ciertamente muchos son consecuencia de temperaturas extremas, pero otros, lamentablemente tienen detrás la irresponsabilidad, la delincuencia o los intereses de quienes literalmente utilizan el fuego como cortina de humo para ocultar sus propias fechorías. Frente a ellos aparecen nuevamente comunidades que vigilan, instituciones que investigan y los ciudadanos que denuncian. La sociedad también aprende a prevenir, controlar y apagar los incendios que algunos provocan deliberadamente.
Y después llegan las noticias de las grandes potencias; Rusia y Ucrania, Medio Oriente, las tensiones entre China, Estados Unidos, India, Corea del Norte e Israel. Una interminable exhibición de fuerza, amenazas, misiles, sanciones, aranceles y discursos en los que parece que cada gobernante quisiera demostrar que tiene más dientes que el otro.
Resulta difícil entender cómo, después de tantos siglos de civilización, conocimiento y progreso, todavía haya dirigentes dispuestos a sacrificar vidas humanas para defender territorios, intereses, doctrinas y vanidades.
La esperanza aquí es recordar que detrás de cada bandera hay vidas. Personas que aman, tienen hijos, nietos, hermanos y amigos, que hacen planes, trabajan, envejecen, rezan y siempre quieren regresar a su casa. Ninguna frontera cambia esa realidad elemental pero tan trascendental.
La fe ayuda no porque garantice que las cosas saldrán como se quiere, sino porque recuerda que la vida tiene un valor que está muy por encima de los desacuerdos. Quienes creen en Dios, cualquiera que sea su fe, deberían encontrar allí la razón mas poderosa para cuidar y defender la vida, la dignidad, el amor y la paz.
Desde cada persona, nadie debería sentirse inútil pues siempre hay algo que ofrecer.
Tal vez la gratitud verdadera por estar vivos no consista únicamente en dar las gracias al comenzar el día. Consiste en preguntarse, qué podemos hacer con ese nuevo día que nos ha sido regalado.
Una conversación pendiente, una persona que necesita ayuda, un joven que necesita orientación, una institución que requiere experiencia, talento o recursos, un conocido que desea compañía, una causa que merece nuestro tiempo… siempre hay algo.
Por eso, frente a un mundo que parece empeñado en producir malas noticias, quizá la respuesta no sea desconectarse de la realidad, sino conectarse más con nuestra responsabilidad.
Porque quizá estar vivos no sea solamente un privilegio, tambien es una obligación.