Nos cansamos de ver conductores que, mientras manejan, miran y contestan mensajes en sus celulares, como si la vía fuera una extensión de su casa. Entorpecen el tráfico, generan demoras y agresividad y, en ocasiones, convierten una distracción al volante en accidentes fatales. Pero si hubiera un campeonato de imprudencias en las vías colombianas, el ganador indiscutible sería el mundo de las motos… ¡y cada vez baten nuevos récords!
Para millones de colombianos, la motocicleta es su medio de transporte, su herramienta de trabajo y, en muchos lugares remotos, la única alternativa de movilidad. El problema es esa minoría que confunde agilidad con imbecilidad, el abuso con la ausencia de reglas y el espacio público con una corraleja.
Son camaleónicos cuando les conviene se toman los derechos de los ciclistas, se comportan como peatones cuando les resulta útil, se comportan como enjambres de abejas africanizadas y transgreden las normas que deben cumplir todos los ciudadanos. Se adelantan por la derecha, zigzaguean entre las filas de carros, invaden andenes, se suben a los separadores y atraviesan parques por donde caminan niños, adultos mayores y personas con discapacidad. Algunos conducen mientras escriben mensajes, como si tuvieran una habilidad adicional a la de burlar la ley. Otros modifican sus motos para producir un ruido ensordecedor o utilizan distintivos que los hacen parecer agentes de policía: luces, vestimentas y cascos con los colores de la Fuerza Pública. Parecen convencidos de que eso también los autoriza a incumplir las leyes… pero en realidad, es otra muestra de la falta de autoridad del Estado.
Un estudio de Alejandro Gaviria y Carolina Soto, publicado por la Fundación Colombia Tiene Futuro, reconstruyó 47 años de mortalidad vial en el país y encontró cifras escalofriantes: en 1979 murieron alrededor de 90 motociclistas; en 2025 fueron 5.652. La tasa de mortalidad se multiplicó por treinta y los motociclistas pasaron de representar 2% a 63% de las víctimas mortales en las vías. Esto equivale a cerca de quince muertos diarios. Una tragedia que no podemos seguir tratando como si no representara una grave amenaza para la salud y la vida de todos los que compartimos las vías, donde este riesgo está presente para todos sin excepción.
Como si lo anterior fuera poco, entre 600 y 1.000 peatones habrían muerto atropellados por motocicletas en 2025, según las estimaciones del estudio. Detrás de cada cifra hay una familia, una ausencia, un ingreso que desaparece y una vida que no vuelve. La accidentalidad tiene, además, un costo enorme para los hospitales, las aseguradoras, las empresas, los contribuyentes y el país.
Hay que arrancar ya con controles efectivos, de la mano de fabricantes, distribuidores y aseguradoras, que también tienen mucho que ganar con la reducción de los accidentes. Es indispensable mejorar los procesos, los requisitos y los exámenes para expedir licencias de conducción, con pruebas prácticas exigentes y una evaluación seria del conocimiento de las normas.
En materia de sanciones, estas deben cumplirse, incluso cuando contemplen la suspensión de por vida de una licencia. También se requiere exigir el Soat, instalar sistemas de cámaras en las ciudades y en todos los peajes y garantizar que todos quienes utilizan las vías paguen y respondan por su comportamiento. Todo ello debe contribuir a detectar e inmovilizar las motos que circulan sin seguro, sin revisión técnico-mecánica, sin luces, con placas mal ubicadas o en condiciones deficientes. Y no olvidemos los cascos certificados y los chalecos reflectivos con el número de la placa.
No se trata de perseguir a los motociclistas, sino de prevenir miles de muertes y lesiones incapacitantes. Se trata de atacar las causas raíces y exigirles lo mismo que a cualquier ciudadano que conduce un automotor.
Estamos hastiados de que la irresponsabilidad de unos pocos se convierta en el riesgo cotidiano de todos. Porque una moto puede ser el motor del progreso de una familia, pero ninguna urgencia, ningún trancón y ningún mensaje en el celular justifican convertir la vía pública en una ruleta rusa.