Hay momentos en que no es suficiente con preguntarnos qué está pasando, tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo para que esta situación nos esté sucediendo.
Una paradoja que con tanta ciencia, tecnología, información y capacidad para producir riqueza y desarrollo, pero, al mismo tiempo, nunca había sido tan evidente nuestra dificultad para convivir. Así mismo unos pocos concentran cantidades extraordinarias de poder político económico y tecnológico, mientras millones siguen enfrentando abandono, violencia, incertidumbre y desesperanza.
El poder parece haberse vuelto más agresivo, no es desconocido para nadie que gobiernos y movimientos políticos utilizan el miedo, la mentira y la violencia para polarizar. Pero sería demasiado ingenuo responsabilizar únicamente a quienes gobiernan.
Entonces es necesario el ejercicio de la autocrítica para entender que los gobiernos son la expresión de la cultura que los producen y los eligen.
El ejemplo es la corrupción en una sociedad que la tolera o la eliminación de un adversario que se convierte en enemigo para justificar la acción.
Por eso la pregunta que debemos hacernos es cuál es la cultura que estamos construyendo desde nuestras propias conversaciones y decisiones.
Quizás una buena guía es la encíclica del Papa Leon XIV Magnifica Humanitas que invita a actuar frente a la tentación de construir una nueva Babel, con una humanidad dominada por el orgullo, la concentración del poder y la deshumanización. Propone reconstruir, una sociedad fundada en la dignidad, el bien común, la solidaridad, la fraternidad y la paz. Pasar de la cultura del poder a la cultura de la negociación y la diplomacia, donde el diálogo sea el camino para resolver los conflictos.
Pero ese cambio debe estar en todos y cada uno de nosotros desde nuestros diferentes roles: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en nuestra comunidad … en nuestras conversaciones.
En el campesino que siembra, cria o pesca para llevar brindar su producto a la sociedad, en el empleado que cuida su empresa y honra su palabra, en el empresario que respeta, genera empleo decente y reconoce el precio ético de su producto, en el maestro que enseña con esmero a pensar para la vida, en la persona mayor que transmite su experiencia con amor, en el joven que entiende que triunfar no consiste en tener más, en el niño que aprende que quien piensa diferente no es enemigo y en los padres que enseñan con el ejemplo de un “buen ser humano”.
Quizá necesitamos una revolución cultural basada en 10 conceptos que deberíamos convertir en comportamientos para conquistar:
- Dignidad para entender que nadie vale menos por tener menos o ser diferente.
- Verdad para no convertir la mentira en arma política o social.
- Trabajo para recuperar el orgullo de producir, crear y servir.
- Familia para recordar que allí comienza la educación para el respeto y la felicidad.
- Libertad para decidir, haciéndonos responsables por nuestros deberes y derechos.
- Democracia para poder pensar diferente y construir con lo mejor de cada postura.
- Servicio para comprender que la autoridad no es un privilegio sino un reconocimiento y una responsabilidad.
- Diálogo para escuchar, aprender, construir y enriquecer.
- Responsabilidad para dejar de esperar que sean otros quienes decidan y actúen.
- Paz para entender que la violencia no tiene justificación.
No es una propuesta ingenua, por el contrario la encíclica invita a no resignarse porque está a la orden del día los actos de fuerza e insiste en que el futuro no pertenece únicamente a los pocos grupos poderosos, ni a los gobiernos, ni a las grandes corporaciones, ni siquiera a la inteligencia artificial.
Tal vez hemos olvidado que el poder está en el interés colectivo y que se hace realidad con cada persona y la sumatoria se hace cultura.
El desafío es no esperar que otros cambien el mundo. Entre todos humanicemos el poder empezado por nosotros hoy.