Analistas 19/04/2026

Tres tercios

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

La vida pareciera iniciar con el aprendizaje de lo importante: primero para reconocer la especie y poder ser parte de una sociedad gregaria, donde el comportamiento debe reafirmar la cultura del respeto, la solidaridad, la misericordia y el descubrimiento de algún talento que permita ser útil como ser humano.

Así fuimos a la primaria a aprender lo fundamental; luego al bachillerato, a aprender a ser parte de algo; después a la universidad, para adquirir conocimientos útiles y afinar habilidades para ser más competitivos. Y finalmente nos lanzamos a aprender en la vida de verdad… y así, alrededor de treinta años, descubrir en la faena qué es lo que nos gusta hacer y qué no.

El segundo tercio inicia la competencia por el logro de los objetivos heredados, aprendidos o exigidos. Es una carrera de obstáculos para conquistar el mundo exterior: asegurar ingresos, construir reputación, levantar una familia y acumular experiencia. Es la etapa de la ambición, del esfuerzo, de las metas tangibles. Toda la energía se concentra en abrir caminos en el mundo laboral o empresarial.

Es claro que sin ese segundo tercio no habrían empresas, ni progreso, ni innovación, ni renovación en los ámbitos privados y públicos. Es el periodo que nos exige desempeñar cinco o más roles a la vez y administrar los recursos con criterio, porque el tiempo es uno solo, mientras los escenarios, los compromisos y las expectativas son muchos: el trabajo, los hijos, la pareja, los amigos, los padres, los deportes.

Ese camino de los “segundos treinta años”, marcado por el arduo trabajo, nos va llevando a un lugar que casi nunca es igual al que se imaginó en el primer tercio. En el proceso de nuevos aprendizajes y múltiples tableros de juego aparecen criterios distintos, oportunidades inesperadas, éxitos y fracasos. Pero siempre queda algo en la lista de pendientes.

Los momentos buenos y malos los determinan los reconocimientos o críticas de terceros, los triunfos o fracasos en el trabajo, en los colegios de los hijos, en los logros de los hermanos, en los trofeos deportivos; en fin, en todos los adornos (medallas y cicatrices) que acompañan las carreras que hemos emprendido en los caminos de la vida.

Aunque Carl Jung afirmó que la vida realmente comienza a los cuarenta, me atrevo a proponer que para muchos comienza a los sesenta. Es en ese momento cuando los ecosistemas que premian y castigan empiezan a alejarse, quedando solos con verdadera realidad. Entonces aparece el espejo para preguntar quién es esa persona que se formó, que trabajó, que aprendió, que hizo una familia y que jaló durante años una carreta llena de hechos e ilusiones.

Realidades que en ese momento se hacen visibles, no porque antes no existieran, sino porque antes la agenda estaba demasiado ocupada en la tarea de ejecutar los roles que la sociedad esperaba.

Ese es el instante en que empieza la tarea más interesante: descubrir quién es realmente la persona que interpretaba esos roles.

Y cuando ese descubrimiento ocurre, sucede algo sorprendente: la ambición deja de hacer ruido; el éxito deja de ser acumulación y se convierte en contribución; el tiempo, que antes era escaso, se vuelve infinito para compartir.

Lo segundo que sobresale es que, si se ha vivido con honestidad, espiritualidad y valentía, se empieza a entender el verdadero significado de la vida y el propósito de este tercer tercio.

Todos tenemos amigos que se han dedicado a escribir; otros a compartir generosamente su sabiduría, experiencias y recursos con quienes están en otro tercio de la vida; algunos se han entregado con humildad a servir en hospitales y centros de apoyo a los más necesitados; otros llenan la vida de arte con colores, música o deliciosos sabores; algunos más ofrecen su corazón siendo apoyo y compañía para padres, hermanos, hijos o nietos; otros cuidan la naturaleza; y también hay quienes se han retirado a monasterios para dedicarse a la oración para todos.

Hay quienes viven una sola vida pero hay que pensar en el privilegio de empezar tres veces, pues la vida se entiende viendo para atrás pero se vive caminando para adelante.

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