El mito del artista maldito y la mentira de que el arte florece en la miseria
Hace ya más de dos años que me levanto y me acuesto pensando en el acápite de la cultura en Antioquia, de esos héroes que llamamos agentes culturales, músicos, poetas, escritores, pintores, actores y todo ese talento que desborda Antioquia y Colombia y que nace en los lugares menos advertidos de nuestra geografía. Las cifras son contundentes: casi 70% de ellos terminan su vida sin la posibilidad de acceso a pensión y a salud, mientras otro tanto se debate por sobrevivir y destacar en el exterior. En este camino por cambiar esta realidad me encontré con una premisa noble pero ingenua: que el verdadero artista debe vivir enfrentado a la prosperidad, al mercado, a la empresa, a la propiedad privada. Que la pobreza, la marginalidad o el conflicto permanente con la sociedad serían prueba de autenticidad estética. Desde mi experiencia, puedo afirmarlo con claridad: esa idea no solo es falsa, sino que le ha hecho un daño enorme al arte.
Este imaginario no siempre ha sido así. Tiene su origen histórico preciso: la Francia del siglo XIX, y un nombre seductor: el artista maldito.
En el París de Baudelaire y Verlaine, en plena industrialización y ascenso de la “burguesía”, muchos creadores reaccionaron contra lo que percibían como vulgarización y mercantilización de la cultura. Frente a ese nuevo orden social, algunos artistas construyeron una identidad opuesta: la del creador marginal, incomprendido, pobre y escandaloso. Paul Verlaine terminó de fijar el mito cuando publicó Les Poètes maudits, convirtiendo la precariedad en una categoría estética.
Lo que comenzó como una rebeldía intelectual legítima terminó transformándose en una romantización de la miseria. Y ese es el error que todavía hoy se repite.
Porque la historia demuestra exactamente lo contrario: el arte no florece en la pobreza estructural, sino en sociedades que generan excedente, libertad y estabilidad. Joseph Schumpeter lo explicó con lucidez: el capitalismo no solo produce bienes materiales, sino el excedente que permite financiar ciencia, cultura y arte. Sin excedente no hay tiempo para crear, ni público que pueda sostener la creación.
La gran paradoja es evidente: muchos artistas que hoy atacan la prosperidad viven gracias a ella. Exponen en museos sostenidos por fundaciones privadas, reciben becas financiadas por impuestos generados por empresas, publican en editoriales que existen gracias al mercado. Despreciar ese entramado no es rebeldía: es desconocer cómo se sostiene la cultura.
Mario Vargas Llosa lo ha advertido con claridad: “La cultura sólo puede florecer en una sociedad libre; cuando el poder pretende dirigirla, se degrada en propaganda.” Cuando desaparece la libertad económica, el arte no se vuelve más puro: se vuelve dependiente.
El caso de Venezuela es una advertencia dolorosa. Un país que tuvo una vida cultural vibrante, museos respetados internacionalmente y artistas de talla mundial, hoy ve cómo espacios emblemáticos -como el Museo de Arte Moderno- han sido saqueados, abandonados o reducidos a vitrinas ideológicas. No solo colapsó la economía: colapsó la memoria cultural. Los artistas emigraron, callaron o fueron instrumentalizados por el poder.
George Orwell, que conoció de cerca los totalitarismos, lo entendió bien: cuando el arte se subordina al poder, pierde su verdad. Vaclav Havel, dramaturgo y presidente, lo resumió con crudeza: “La cultura es lo primero que muere cuando la libertad se debilita.”
Aquí es donde el mito del artista maldito revela su lado más destructivo. La precariedad no produce talento; produce precariedad. Miguel Ángel tuvo mecenas, Bach tuvo salario, Velázquez tuvo corte, Mozart pasó su vida buscando estabilidad económica. El genio no nace del hambre; el hambre sólo distrae al genio.
Defender la prosperidad, la empresa y la propiedad privada no es traicionar el arte. Es proteger las condiciones que permiten que el artista no dependa del burócrata ni de la consigna ideológica. Es garantizar que el creador pueda ser crítico sin convertirse en propagandista.
La idea del artista maldito nació como una rebeldía estética en el París del siglo XIX. Hoy, repetida sin reflexión, se ha convertido en una coartada moral para despreciar la prosperidad que hace posible la cultura. Y cuando se derrumban las bases de la libertad, el arte no se vuelve más auténtico: se vuelve más pobre.La pobreza cultural, como la económica, nunca ha sido una virtud.