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Continuarán… Ley y orden. Los atajos y la ignorancia de la ley

Rodrigo Lozano Vila

Frente a ciertos temas, el inconsciente puede desviar la percepción en medio de una conversación. Un ejemplo claro es cuando se trae a la mesa el tema del cumplimiento (estricto) de la ley. En nuestro medio, los requisitos legales son tan numerosos y de tan diversa índole que, al mencionar palabras como leyes, normas, decretos, reglamentos, estatutos y contratos, se activa un mecanismo defensivo: “a mí de eso no me hable”, “eso es territorio árido para mí”, “mírelo con los abogados”. En otra esfera, al quebrantar (involuntariamente) una disposición, por pequeña que sea, se ha normalizado salir con la excusa de “yo no sabía que eso no se podía hacer”.

Lo cierto es que el cumplimiento de la ley, y los beneficios que esta otorga, son para todos sin distinguir ningún tipo de condición. La ignorancia de la ley no sirve como excusa. En cartelera se está presentando la película Núremberg, sobre el gran juicio a los genocidas de la Segunda Guerra Mundial, película obligada y un ejemplo magistral sobre la garantía fundamental que tiene el ser humano de hacer parte del sistema: por más grave que haya sido su falta, de contar con una garantía de juicio, de defensa y de proceso en el marco de normas existentes y justas.

Nuestro orden jurídico tiene muchas normas y garantías, pero un problema de fondo y estructural: es inoperante y la impunidad es rampante. La ley está hecha para la trampa, para el atajo, para su aprovechamiento ventajoso, para no cumplirla, porque al incumplirla el sistema punitivo no funciona, no hay consecuencias y, lo que es aún peor, no hay sanción social. Y cuando no hay ley, o una aplicación rigurosa de esta, no hay orden e impera el caos. Nada de esto queremos, ni en el ámbito social ni en el ámbito de la familia empresaria.

La ley, los estatutos de las empresas, los reglamentos, los acuerdos, las tradiciones, los pactos de familia, de hermanos e incluso de sangre, son para cumplir, no de manera parcial sino íntegra, con apego a lo acordado y con la voluntad de que se produzcan efectos. Que ante su incumplimiento haya sanciones, ojalá ejemplares, que motiven a los demás a cumplir la palabra, los acuerdos y la ley.

Fui profesor de derecho en una escuela de administración de negocios (el Cesa en Bogotá) y siempre he admirado que esta institución, que al igual que otras pocas, ofrece dentro de su pénsum un ciclo obligatorio de materias de derecho que son un barniz necesario para todo joven que sale al mundo laboral. La familia empresaria debe prever que en los planes de formación y desarrollo la enseñanza de la ley y el orden sean obligatorias. Esto incluye lecciones elementales de ética en los negocios y, por qué no, algo de filosofía, materias ausentes en el pénsum de muchas instituciones.

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