El valor de agradecer

Sandra I. Fuentes Martínez

Cuánto extrañamos la buena costumbre de agradecer. Cuando expresamos agradecimiento estamos sumando motivos para continuar e impulsar a la acción, y no es una actitud de débiles; por el contrario, se necesita valor y humildad para reconocer lo que otros hacen por nosotros. En estos tiempos se hace necesario recuperar la gratitud para construir relaciones, eliminar la polarización y crear comunidades; esto implica reconocimiento en tres sentidos: reconocer para conocer, reconocer para asumir y reconocer para agradecer.

En todos los ámbitos donde se construyen comunidades, bien sea el hogar, el trabajo o el país, es necesario reconocer, y para ello, lo primero es conocer el trabajo que realizan los demás, el esfuerzo que hacen, el servicio que prestan, porque asumir una responsabilidad implica compromiso y entrega.

Es frecuente encontrar que cuando las cosas funcionan, se desconoce el trabajo hecho, pero en contraposición cuando se percibe que algo no funciona se aprovecha para señalar culpables. Esta cultura de invisibilizar lo bueno es característica de los países en vía de desarrollo, lo cual es un freno que no permite avanzar porque se destruye lo construido y no se valoran los avances, ya que no se conocen o surgen actitudes de egoísmo.

Es importante aprovechar el conocimiento de lo construido, la forma como se gestionó, los obstáculos que se sortearon; y este conocimiento se pierde muchas veces en los procesos de empalme entre los equipos de direcciones y de gobierno; lo que conlleva a retrocesos, reprocesos y frenos para continuar; quedando atrapado en un constante borrón y cuenta nueva.

Reconocer también es asumir los errores, porque todo es posible de mejora, está en permanente evolución y construcción. Como decía Mario Benedetti: “Me gusta la gente con criterio, la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivocó”. El reconocer requiere de humildad, más aún en una cultura donde solo se premian los logros y se juzgan los desaciertos, lo cual es un error, porque en los desaciertos y fracasos es donde se identifica el camino que no se debe recorrer y se advierte para no volver a caer. Además, en palabras de Albert Einstein: “una persona que nunca cometió un error es porque nunca intentó algo nuevo”. Nuestra sociedad necesita reinventarse con imaginación moral.

La historia nos ha demostrado que la sociedad en muchas ocasiones no ha estado lista para agradecer la visión que algunos líderes han tenido para cambiar el curso de organizaciones y naciones; llegando incluso a reconocer su labor solo cuando ellos han fallecido; y entonces se levantan esculturas, se hacen homenajes; pero no en vida. Cabe la expresión coloquial: se valora solo hasta que se pierde.

Toda labor que se realice en función del bien común debe ser reconocida porque es un servicio, que implica dar de sí el conocimiento, el talento y el tiempo de vida invertido para aporta a otros. El reconocer favorece las posibilidades de construir de forma conjunta sin reparos e intrigas, alimenta la motivación de aportar a los objetivos comunes y fortalece las relaciones para construir vínculos.

Agradecer es la base para avanzar, para confiar en lo que hace el otro, es la forma de recomponer tejidos sociales; es sencillo, pero solo se requiere de voluntad. Cuando se agradece, la respuesta siempre es una sonrisa y aviva los ánimos para continuar trabajando por un mejor hogar, organización y país, y la paz comienza con una sonrisa, como nos enseñó la Madre Teresa de Calcuta.

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