Mas allá del miedo y la polarización

Sandra I. Fuentes Martínez

Ante el escenario de incertidumbre y desconcierto que dejaron los resultados de la primera vuelta de elecciones presidenciales en Colombia; también se tienen dos certezas; la primera que el miedo es el protagonista de la democracia en el país y que la visión dualista continúa alimentando la polarización.

Estas dos certezas en este escenario de incertidumbre son los síntomas ahora visibles de un país que está en proceso de comprender qué es construir paz.

El miedo ha sido el ganador de las elecciones, fue el centro de la narrativa que llevó a muchas personas a definir su voto, ahora, el miedo continúa siendo el protagonista frente a la decisión de extremos en la cual se encuentran los 36 millones de colombianos aptos para votar, porque los simpatizantes de cada extremo temen que gane el opuesto, y los que están en el centro temen que gane alguno de los extremos.

La segunda certeza es que aún prima la polarización, ya que, aunque se propusieron nuevas posibilidades intermedias, que acogimos la cuarta parte de los votantes, fue evidente que no alcanzó para iniciar un camino sin extremos y desencuentros.

El miedo y la polarización son características propias de países que han vivido conflictos prolongados, como es el caso de Colombia; donde la población está dispuesta a ceder la libertad por ganar orden y seguridad; donde las ciudadanías del miedo se alimentan del temor imaginario a que se repitan las violencias vividas; donde la desconfianza impide creer que se puede evolucionar; donde los intereses individuales ganados por la minoría están por encima del bien común; donde hay una cultura de invisibilizar los verdaderos problemas y además naturalizarlos, y donde la falta de esperanza inmoviliza las acciones constructivas.

Colombia es un país que ha vivido en conflicto por más de cinco décadas y está permeado de una cultura de dualismo entre el bien y el mal, o entre estar a favor o en contra; aspecto que es visible en los diálogos cotidianos donde priman los juicios de valor que llevan a construir bandos, división y polarización; creando fronteras y posiciones que pareciesen irreconciliables.

Las elecciones fueron el mejor escenario para ratificar que los colombianos no solo tienen en sus manos la decisión de un voto para elegir un mandatario; sino la decisión más importante, que es tener la voluntad de dar el paso hacia la cultura del encuentro.

En palabras de Lederach, es movilizar la imaginación, elevar a un nuevo nivel las relaciones, suspender los juicios de valor al negarse a forzar historias artificiales e incluso sin fundamento que han llevado a la polarización social.

Lo que hoy paradójicamente está dividiendo es lo que en esencia nos debería unir y es la paz; porque esta no tiene dueño político, es de todos y se hace entre todos. “La paz es un asunto humano y solo funciona si la sociedad entera la toma en sus manos o, de lo contrario, no es posible conseguirla” (Padre de Roux)

Comprender estos resultados electorales con una mirada más allá de un voto debe permitir visualizar que la democracia no es solo un acto electoral, es recuperar la capacidad de involucramiento de los 50 millones de colombianos para imaginar y generar iniciativas constructivas desde la ciudadanía para erradicar ciclos destructivos.

Es en pocas palabras atreverse a construir paz desde la acción y la vigilancia del estilo de gobernanza de quien resulte electo, para no permitir retrocesos en el camino ganado en la recuperación del valor de la vida.

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