Analistas

Elogio de la pregunta en tiempos de IA

Santiago Jiménez Londoño

Nunca fue tan fácil conseguir una respuesta. Se escribe una frase, se pulsa una tecla y aparece un texto ordenado, fluido, seguro de sí mismo. Lo usamos así todo el día. Para un correo, un informe, un dato.

Y ahí, sin ruido, se pierde algo. Hay una prisa casi absurda por tener respuestas. Las queremos ya, ahora mismo, como si esperar fuera perder el tiempo. Pedimos sin pausa y casi nunca nos detenemos en la pregunta que las provoca. No es un problema de adopción.

Es que la pregunta dejó de importarnos, y con ella la paciencia que pide construirla. Le pedimos a la máquina que piense por nosotros en lugar de pensar con ella. La pregunta, que es lo difícil y lo lento, la saltamos.

Gadamer dedicó Verdad y método a esa parte difícil. Comprender algo, decía, es reconstruir la pregunta a la que responde. La respuesta toma la forma de la pregunta que la provoca, y formularla bien cuesta más que contestarla, porque obliga a saber qué se ignora y qué se busca. Por eso el sentido no se dicta. Se encuentra en el ida y vuelta. «Decimos que llevamos una conversación», escribió, «pero cuanto más auténtica es, menos depende su curso de la voluntad de los interlocutores». Ninguno de los dos impone el resultado. Lo encuentran juntos.

Un modelo de lenguaje no escapa a esa ley. Devuelve, con una fluidez que engaña, lo que la pregunta le permitió. Pídale poco y tendrá poco. Pídale bien y a veces sorprende.
Vale la pena, entonces, defender la pregunta. Preguntar bien, frente a la máquina, se parece a preguntar bien en cualquier parte. Empieza por el contexto. El sistema no lo conoce a usted, ni a su empresa, ni a quien leerá lo que produzca. Dígaselo. No es igual pedir un resumen a secas que pedirlo para un comité no técnico, en media página. Dele un papel desde el cual responder, el de su abogado o el de su cliente más incómodo.

Sigue por la desconfianza. Cuando algo esté en juego, exíjale el razonamiento y las fuentes, porque a veces inventa una cita y solo se descubre si se le pregunta de dónde salió. Y contradígalo, que es su mejor uso y el más desaprovechado. Un interlocutor que solo asiente no sirve. Uno que discute, sí. Póngale enfrente su argumento y pídale que lo derribe.

Termina por la paciencia. La primera salida rara vez es la buena, y lo bueno aparece en la conversación, no en el primer intento. Divida lo grande en partes y pida antes el esquema que el texto terminado, para conservar el hilo en lugar de cederlo.

Lo demás no se delega. El juicio, la decisión, la firma siguen siendo suyos. Y hay algo más callado en juego. Quien aprende a preguntarle bien afina su propia manera de pensar. El riesgo no es que ella responda por nosotros. Es que dejemos de hacernos las preguntas.
La máquina contesta rápido. Pensar la pregunta sigue siendo trabajo humano.

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