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Horarios flexibles no se compran con salario. ¿Se pueden diseñar con inteligencia artificial?

Santiago Jiménez Londoño

Solo 33,7% de los empleados formales en Colombia decide cuándo trabaja. El resto cumple un horario que alguien más definió. Un estudio reciente, con casi 22.000 registros de la GEIH del Dane, entre 2023 y 2024, buscó responder qué determina que un trabajador controle su horario. La respuesta es incómoda.

El ingreso no importa. Ni en forma lineal, ni logarítmica, ni por quintiles. Lo que manda es la estructura: tamaño de empresa, sector, diseño organizacional. Las medianas ofrecen 63% más de autonomía que las micro. Son lo bastante grandes para absorber variación, pero no tanto como para imponer turnos rígidos. Las burocracias estandarizan. Las muy pequeñas no tienen margen. El punto dulce está en el medio. Otro dato que duele: las mujeres tienen 12% menos probabilidad de autonomía horaria. Y los trabajadores satisfechos, 20% menos. Suena raro, pero tiene lógica: en Colombia la rigidez viene empaquetada con estabilidad y carrera. La gente no es flexible y feliz. Es feliz a pesar de no ser flexible.

Esto importa ahora. En julio de 2026 la jornada baja a 42 horas con la Ley 2101. Pero, según Corficolombiana, la productividad por trabajador cayó 3,1% entre 2022 y 2025. Las empresas no reorganizan procesos: contratan más gente para cubrir las horas que pierden. Cerca de 787.000 trabajadores entraron al mercado formal solo para compensar la reducción. Según la Ocde, Colombia produce entre US$19 y US$20 por hora trabajada. El promedio supera los US$60. Trabajamos más. Producimos menos. Y ahora trabajamos menos horas sin haber resuelto lo primero.

¿Puede la IA cambiar esa ecuación? Un working paper del NBER de 2025 rastreó 25.000 trabajadores en 7.000 lugares de trabajo en Dinamarca. Los chatbots de IA no movieron ni salarios ni horas en ninguna ocupación. El ahorro promedio fue de 3%. Pero donde las empresas invirtieron en formación y reorganizaron flujos, los resultados fueron mejores. No es la herramienta. Es lo que se hace con ella. Erik Brynjolfsson lo formalizó con la Curva J de Productividad: toda tecnología de propósito general exige rediseño organizacional antes de rendir frutos. Las inversiones complementarias son intangibles, tardan años y no aparecen en las cuentas nacionales. La paradoja de Solow se repite. La IA se ve en todas partes menos en las cifras.

Nuestros datos dicen lo mismo desde otro ángulo. La autonomía horaria no depende del salario, sino de cómo está organizada la empresa. La IA puede modificar esa organización: optimizar turnos, identificar tareas automatizables que exigen presencia innecesaria, diseñar esquemas flexibles donde antes solo había rigidez. Pero nada de eso ocurre por comprar una licencia.

La reducción de jornada sin rediseño es aritmética, no transformación. La IA sin gobernanza es gasto, no inversión. El salario no compra flexibilidad. El software tampoco. Lo que falta es lo que siempre falta: decisiones sobre cómo se organiza el trabajo.

El horario no se negocia con el sueldo. Se diseña. La IA puede ayudar. Pero solo si dejamos de pedirle que lo haga por nosotros.

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