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La ciudad es nuestro hogar, y un hogar no cabe en un promedio

Santiago Jiménez Londoño

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Tres de cada cuatro ciudades evaluadas por ONU-Hábitat y la Universidad de las Naciones Unidas habían planeado usar inteligencia artificial. Cerca de 80% ya la tenía en piloto o desplegada. Esperan mejoras en movilidad, agua, residuos, seguridad y planeación. Expectativas razonables.

Pero solo 15% de las que la implementaron o pilotaron tenía un marco definido de gobernanza. Y apenas 38% de las que ya la operaban seguía el desempeño de sus modelos.
Hay voluntad. Falta la decisión anterior a la herramienta: qué clase de problema tenemos enfrente y quién responde por lo desplegado.

Estuve esta semana en Hábitat LATAM, en Guadalajara, bajo un título que es un programa: la ciudad es nuestro hogar. La vivienda apareció como organizadora de la vida urbana.
Jane Jacobs dedicó a esto el último capítulo de Muerte y vida de las grandes ciudades, y lo planteó como un problema de estrategias de pensamiento. Decidir bien exige reconocer con qué clase de problema se trata.

Acudió al ensayo de Warren Weaver sobre ciencia y complejidad, reproducido en el informe de 1958 de la Fundación Rockefeller. Están los de simplicidad, con pocas variables y comportamientos predecibles. Los de complejidad desorganizada, con tantos elementos que solo la estadística describe sus agregados. Y los de complejidad organizada, donde múltiples factores se afectan entre sí y forman un conjunto que no se entiende por partes. Ahí, advirtió Weaver, el promedio deja de describir.

Jacobs situó las ciudades en la tercera, junto a las ciencias de la vida. Un hogar es exactamente eso: relaciones, no agregados.

Ahí está la oportunidad. Entre lo que administran las instituciones hay tareas acotadas que la inteligencia artificial ejecuta bien: detectar anomalías en una red de acueducto antes de una ruptura, anticipar la demanda de un servicio, priorizar con evidencia el mantenimiento de colegios y puentes. Trabajo enorme, urgente y accesible.

Lo que no puede delegarse es decidir qué tarea optimizar y dentro de qué sistema ocurre. Mejorar un flujo promedio es una cosa. Sostener la vida de una calle es otra. Cuando se tratan igual, el indicador mejora mientras el tejido que lo sostenía se debilita sin que nadie lo advierta.

Conviene preguntar antes de firmar: ¿para qué clase de problema compramos la solución, de agregados o de interacciones? ¿Qué relaciones sostienen hoy el resultado sin aparecer en los datos? ¿Quién sabe leerlas y puede detener un despliegue? ¿Cómo mediremos el sistema y no la métrica que optimiza? ¿Qué aprendimos de quienes habitan el territorio antes de modelarlo?

La región no parte de cero. Después de Europa, las ciudades latinoamericanas son las que más informan a sus habitantes sobre los sistemas que despliegan. Pero 65% de las latinoamericanas y caribeñas señaló la falta de recursos como obstáculo.
Financiar la innovación sin financiar la capacidad de gobernarla deja una herramienta sin criterio.

Jacobs no pedía menos análisis. Pedía el análisis correcto para el problema de enfrente.
La ciudad es nuestro hogar. Y un hogar no cabe en un promedio.

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