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La IA ejecuta. Decidir qué vale la pena, no

Santiago Jiménez Londoño

Cerca de 44,8% de las empresas colombianas ya usa inteligencia artificial para automatizar procesos. Lo dice el estudio Prioridades Empresariales 2025 de SAP, hecho con 172 tomadores de decisión del país. La herramienta entró. La conversación gira siempre sobre lo mismo. Qué modelo, qué proveedor, qué integración, qué licencia.

Implementación. Casi nunca estrategia.

Y los resultados van por otro lado. El MIT publicó en 2025 The GenAI Divide: State of AI in Business, sobre 300 implementaciones, 150 entrevistas a líderes y 350 empleados. 95% de los pilotos corporativos de IA generativa no produce ningún retorno medible. Solo 5% escala. El hallazgo de fondo es que el problema no es técnico. Los modelos funcionan. Lo que falla es el propósito. Cada proyecto se aborda como si fuera el primero, sin saber qué problema resuelve.

Se compra capacidad de ejecución. No se compra el criterio para dirigirla.

Esa distinción es antigua. Aristóteles la llamó phrónesis, la sabiduría práctica. No es saber general ni destreza técnica. Es discernir qué conviene hacer aquí, hoy, con estas personas y estos recursos. Un modelo de lenguaje optimiza cualquier objetivo que se le entregue. Pero no sabe cuál vale la pena perseguir. Esa pregunta no se programa. Se piensa.

Y pensar bien es lo que ofrece la filosofía. No erudición ni citar griegos. El oficio de mirar un problema por todos sus lados antes de actuar sobre él. Aristóteles es una puerta, no la casa entera. Vale lo mismo un clásico que una pensadora viva. El nombre importa poco. Importa la pregunta que abre y el atajo que cierra.

Por eso la IA, lejos de ahorrarnos el pensamiento estratégico, lo vuelve urgente. Una herramienta que ejecuta a esta velocidad obliga a decidir bien antes, no después. Si la dirección está equivocada, la potencia solo lleva más rápido al lugar incorrecto. Más cómputo no corrige un mal rumbo. Lo acelera.

La estrategia no es lo que una organización hace. Es lo que una organización es cuando debe decidir bajo escasez de tiempo y de certeza. Ningún proveedor vende eso.

Y antes de firmar la siguiente licencia, valen unas preguntas. ¿Qué problema queremos resolver, en realidad? ¿Qué estamos presuponiendo? ¿A quién no hemos escuchado? ¿Qué deja por fuera el indicador que tanto celebramos? ¿Quién pierde cuando esto se cumple? ¿Qué haremos si nos equivocamos? Son anteriores a cualquier modelo. Son las que la prisa por implementar suele saltarse.

Ninguna la responde un algoritmo. Todas exigen criterio, contexto y algo de coraje.

La estrategia honesta vive de tensiones que ningún tablero resuelve. Eficiencia y sentido. Velocidad y deliberación, porque lo rápido en sistemas complejos produce daños lentos.

Escala y cuidado, porque no todo lo que puede crecer merece hacerlo. La gerencia madura no elige un polo. Sabe cuándo inclinar la balanza.

Es cadencia, no bando.

La IA nos invita a pensar estratégicamente. Casi nadie acepta la invitación.

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