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La IA no vive en la nube. Bebe agua y quema vatios

Santiago Jiménez Londoño

Colombia ya tiene 23 centros de datos en operación y una docena más en construcción. Y en América Latina la capacidad instalada de colocación llegó a 1.100 megavatios en 2025. No es una promesa futura: ya está aquí, encendida. Y casi no se discute de dónde saca la energía. Ni el agua.

Cuando usted le escribe a un modelo, la pregunta no flota: viaja hasta una nave de procesadores que consumen electricidad. Y cada vatio que entra sale convertido en calor que hay que retirar en segundos, o las máquinas se apagan. Un bastidor de chips de IA puede superar los 100.000 vatios, frente a los pocos miles de uno corriente. Por eso, al lado del cómputo hay una refrigeración igual de grande.

Y ahí entra el agua. Enfriar evaporándola es lo más barato: torres que la rocían sobre el aire caliente y la pierden. La alternativa, equipos eléctricos, no gasta agua en el sitio, pero consume más luz, generada con agua en otra parte. Dos llaves abiertas: la del enfriamiento y la de la planta que alimenta el sitio.

Cuánta agua exactamente depende de qué se decida contar. Google midió su asistente Gemini: una consulta media gasta unas cinco gotas y 0,24 vatios hora. Pero su propio estudio admite que, contando solo el chip, cae a la mitad, y sumando el edificio entero se duplica. El número no es uno: es una frontera que cada quien dibuja donde le conviene.
En lo individual parece poco. En agregado, no. La Agencia Internacional de Energía calcula que los centros de datos del mundo pasarán de 485 teravatios hora en 2025 a cerca de 950 en 2030: el consumo total se duplica, la parte que mueve la IA se triplica y se acerca a 3% de la electricidad del planeta.

Para Colombia hay un agravante propio. Cerca de 70% de la electricidad que generamos es hidroeléctrica. Funcionamos con agua. Y XM advirtió en abril riesgo de racionamiento entre 2026 y 2027 si El Niño golpea los embalses. Sobre esa matriz seguimos sumando centros que consumen luz y evaporan agua. No es que esté mal. Es una decisión de fondo tomada sin discutirla.

Iván Illich pensó este problema hace medio siglo. En Energía y equidad, de 1974, sostuvo que toda herramienta tiene un umbral: por debajo sirve, por encima produce lo contrario de lo que promete. Su ejemplo fue el carro. El estadounidense promedio dedicaba más de 1.600 horas al año a conducirlo, pagarlo y mantenerlo, para recorrer 12.000 kilómetros: menos de ocho por hora, apenas más rápido que caminar. Prometía velocidad y, contado entero, la devolvía a paso de peatón.

La pregunta de Illich no es si la IA sirve, sino dónde está su umbral. Medimos lo que entrega y rara vez lo que cuesta sostenerla en vatios y en litros. Mientras esa mitad siga fuera del tablero, no sabremos de qué lado del umbral estamos.

Gobernar la IA no es solo preguntar qué decide. Es preguntar de dónde sale su energía y a qué fuente le quitamos el agua que la enfría. La nube tiene una dirección física. Conviene saberla antes de seguir construyéndola.

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