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Lideramos el uso de la IA. Usar no es dominar

Santiago Jiménez Londoño

Colombia es el país que más usa inteligencia artificial entre las grandes economías de América Latina. El 24,5% de su población en edad de trabajar la usó en el primer trimestre de 2026, según el informe de difusión global de Microsoft. Subió 2,5 puntos frente al segundo semestre de 2025. Quedó por encima de Chile, Argentina, México y Brasil, y por encima del promedio mundial, que apenas llega al 17,8%.
Suena a buena noticia. Y en parte lo es.

Pero conviene leer la letra pequeña. La métrica no mide capacidad ni impacto. Mide uso. Cuenta cuántas personas abrieron alguna herramienta de IA generativa en el periodo. El umbral es haberla tocado una vez. No dice si esa interacción cambió una decisión, mejoró un proceso o creó algo. Liderar ese ranking es liderar el consumo de una tecnología que no fabricamos, sobre una infraestructura que no controlamos, medido por la empresa que nos la vende. Es un dato de telemetría, no de transformación.

Y mientras subimos en ese tablero, la eficiencia de la economía casi no se movió. La productividad total de los factores, lo que mide qué tan bien combinamos trabajo y capital, creció 0,91% en lo corrido de 2025 hasta el tercer trimestre, según el Dane. El valor agregado del país aumentó 2,91%, pero la mayor parte vino de poner más gente y más máquinas a trabajar, no de hacerlo mejor. Usamos más la herramienta. Rendimos casi igual.

Aquí entra Ortega y Gasset.

En La rebelión de las masas describió al hombre-masa. Alguien que vive rodeado de los frutos de una civilización técnica y los disfruta como si fueran naturaleza. Toma el carro, la medicina, el aparato, como quien toma el aire. No pregunta de dónde salen. No sabe cómo se hacen. No podría reproducirlos. Y no le debe nada a nadie.

Ortega no lo decía con desprecio. Lo decía como advertencia. El que solo usa cree que dominar es apretar un botón. Confunde la facilidad del resultado con el saber que lo produjo. Y una civilización que se da por supuesta empieza a perderse.

En Meditación de la técnica fue más lejos. La abundancia de medios con pobreza de fines es el peligro real. La máquina puede hacer casi todo. La pregunta es qué queremos que haga. Quien tiene todos los instrumentos y no sabe para qué, no es poderoso. Anda perdido entre sus propias herramientas.

Eso describe el liderazgo que celebramos. Somos primeros en abrir la aplicación. No en construirla, no en gobernarla, no en convertir su uso en valor. La difusión mide la mano que pulsa la tecla. No la cabeza que decide para qué. Ser usuarios intensivos nos halaga. No nos vuelve dueños de nada.El entusiasmo es real. Es un punto de partida, no una ventaja. La técnica que no sabemos para qué usar no nos hace fuertes. Nos vuelve dependientes de algo que creemos dominar porque lo abrimos todos los días.

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