Analistas

Regalan el modelo. Se quedan con la fábrica

Santiago Jiménez Londoño

En julio, el laboratorio chino Moonshot AI lanzó Kimi K3, un modelo de 2,8 billones de parámetros que en varias pruebas de programación superó a los modelos insignia de Estados Unidos. Y no está solo. DeepSeek publicó, en abril, su V4 con los pesos abiertos y licencia libre, y la familia Qwen de Alibaba es la más descargada del mundo. Moonshot hará lo mismo con K3. Publican el modelo entero para que cualquiera lo baje y lo corra en su máquina. Regalar años de trabajo para que otros construyan encima es una generosidad que conviene reconocer.

Y aquí el sesgo. Cuando decimos inteligencia artificial pensamos en ChatGPT, en Gemini, en Claude, como si Occidente agotara el mapa.

Ya consumimos lo que se hace allá. Entre enero y mayo de 2026, 28,6% de lo que Colombia importó salió de China, nuestro primer proveedor.

Pero el ecosistema asiático de inteligencia artificial no es un país ni una empresa.

Es un reparto de trabajo.

Los procesadores que entrenan los modelos se fabrican en Taiwán. La memoria que los alimenta sale de Corea. Sin esas dos islas no hay centro de datos en el mundo, ni en California ni Shenzhen.

Y el cómputo hay que alojarlo. Los grandes proveedores llevan años levantando centros de datos en Malasia, Indonesia y Tailandia. Según la Unctad, China concentra 190 servicios de infraestructura de nube de los ocho proveedores más grandes. América Latina y el Caribe, 52.

Los modelos, además, los escribe gente. India tiene 21,9 millones de desarrolladores en GitHub y ya desplazó a Estados Unidos como la mayor base de colaboradores de código abierto. Asia y el Pacífico sumaron trece millones de programadores en un año. América Latina, tres.

Y desde enero Corea del Sur aplica su Ley Básica de Inteligencia Artificial, la primera del mundo en vigor pleno, antes que la europea.

El economista indio Amartya Sen explicó en 1985, en Commodities and Capabilities, por qué esto no es una lista de compras. Separó los bienes de lo que uno hace con ellos. Su ejemplo es una bicicleta. Tenerla no equivale a poder desplazarse. Eso depende de condiciones que el objeto no trae adentro.

Ninguna de esas piezas es un bien. Todas son condiciones de conversión. Una industria que vuelve silicio un diseño. Una nube que vuelve cómputo el capital. Una población que vuelve código la educación. Una ley que vuelve reglas la incertidumbre. El ecosistema no es la suma de los objetos. Es lo que permite que los objetos sirvan para algo.

El error es leer a Asia como una carrera entre China y Estados Unidos. No es una carrera. Es un tejido de cuatro capas construidas en cuarenta años por gobiernos de ideologías distintas, sin ponerse de acuerdo. Entenderlo importa más que celebrarlo o temerlo.

Nosotros importamos el producto terminado y contamos cuántas empresas usan asistentes.

Kimi, DeepSeek y Qwen no son curiosidades. Son la punta visible de todo lo anterior.

El bien llega en un contenedor. La conversión hay que hacerla acá.

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