Analistas 29/08/2026

Que la integración sobreviva al péndulo político

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El momento político que atraviesa buena parte de los países latinoamericanos, en el que varios de sus gobernantes tienen ideas afines a lo que se denomina la derecha, ha abierto la posibilidad de recomponer algunas relaciones y discutir nuevamente sobre el aprovechamiento de los espacios de integración existentes.

Pero la anterior frase podríamos leerla posiblemente dentro de cuatro años, cambiando la palabra “derecha” por “izquierda”. Y los avances reales para nuestras sociedades volverían a verse limitados por los vaivenes del péndulo político de la región.

Es precisamente por esto que el actual momento de mayor convergencia debería aprovecharse para fortalecer los instrumentos de integración regional, de manera que sean apropiados por los ciudadanos y por el sector privado y puedan continuar operando, independientemente de que en el futuro la convergencia ideológica disminuya o desaparezca entre los diferentes países.

Los beneficios de la integración regional no pueden depender de que la mayoría de los presidentes del momento piensen igual. Los gobiernos cambian; los intereses de las empresas, las cadenas productivas y las necesidades de los ciudadanos permanecen.

Los esquemas de integración regional, como la Comunidad Andina y la Alianza del Pacífico, han avanzado significativamente en la eliminación de aranceles. Sin embargo, el comercio entre sus miembros sigue siendo relativamente bajo frente a su potencial. El siguiente paso debe ser hacer realidad lo que durante años se ha identificado como los grandes obstáculos a la integración: la facilitación del comercio, la eliminación de barreras no arancelarias, el reconocimiento de certificaciones sanitarias y técnicas, la interoperabilidad de los sistemas aduaneros, y una mayor liberalización de los servicios.

Para lograrlo se necesita, por supuesto, un impulso político. Pero no para organizar otra ronda de reuniones presidenciales y producir una nueva declaración de relanzamiento entre varios mandatarios con visiones políticas afines. Se necesita impartir instrucciones claras a los funcionarios responsables y establecer una agenda realista, con prioridades, responsables y plazos, que produzca resultados concretos en los próximos años.

La Comunidad Andina cuenta con una institucionalidad que debe ser aprovechada, pero también ajustada a las prioridades que hoy enfrentan sus miembros. Tiene sentido hacerla más eficiente, reducir burocracia y concentrarla en aquello que pueda generar resultados para las empresas y los ciudadanos.

La Alianza del Pacífico debería recuperar el dinamismo de sus primeros años. Además de profundizar el relacionamiento económico entre sus miembros, debe recuperar su ambición original de servir como puente de conexión con Asia-Pacífico.

Este esfuerzo debería ser liderado por el nuevo gobierno de Colombia. Nuestro país tiene el tamaño económico, la ubicación geográfica, el tejido empresarial y la experiencia negociadora para asumir ese papel. Pero el gobierno no puede hacerlo solo.

El sector privado debe ser un actor central de esta agenda. Los gremios y empresarios conocen mejor que nadie las barreras que enfrentan diariamente cuando intentan exportar, importar, invertir o desarrollar negocios en los mercados de la región. También saben, en muchos casos, cuáles son las soluciones. Por eso, la revitalización de la integración debería construirse con una participación activa de los empresarios y de sus organizaciones.

La agenda debe traducirse en resultados que sean visibles para las empresas y los ciudadanos, una integración que reduzca costos y barreras para hacer negocios y que genere mayores oportunidades para quienes viven y trabajan en la región.

Si en los próximos años logramos que los espacios de integración regional sean realmente apropiados por los empresarios y que sus beneficios sean tangibles para los ciudadanos, será mucho más difícil que los cambios políticos en los distintos países terminen desmontando lo construido.

Porque esa debería ser la verdadera prueba de una integración exitosa: no que funcione cuando los presidentes piensan igual, sino que siga funcionando cuando piensan distinto.

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