Banqueros-Cancilleres: Morrow, Lamont y la Casa Morgan
Comentábamos recientemente que “la piedra angular” del principio de credibilidad de cualquier banco comercial estaba en la disciplina del cumplimiento de contratos, el conocimiento técnico de los negocios, el cumplimiento de la ley laboral y regulatoria, y el pago justo de impuestos. Así lo aprendieron durante los últimos 150 años los principales bancos comerciales de Colombia (en cabeza del Banco de Bogotá, fundado en 1870, y Bancolombia, creado en 1875).
De igual manera se erigió la exitosa zaga de los J.P. Morgan, durante esos mismos años (1870-1923). Se trataba de tres generaciones asociadas a la llamada Casa Morgan: Junius Morgan, contratado por Peabody en 1854 como agente comercial en Londres; su hijo J. P. Morgan (Pierpont), en 1879 tomando las riendas de los negocios ferroviarios; y su nieto Jack Morgan, en 1892 iniciando la transición hacia el banco de bancos comerciales que culminaría con la creación de la Federal Reserve Bank of New York en 1913, siendo JPMorgan su agente principal (véase Chernow, 2001, The House of Morgan). Después vendría la era de los barones banqueros fungiendo como verdaderos cancilleres globales, especialmente durante el complejo periodo de entreguerras (1915-1939).
En la actualidad (2020-2025) se está cumpliendo un siglo de aquellas turbulencias globales, que por momentos parecen revivirse frente a las inusitadas acciones de Trump 1.0-2.0. Resulta entonces interesante rememorar la vida de dos personajes particulares que operaron como banqueros-cancilleres, asociados a dicha Casa Morgan.
La primera figura es Dwight Morrow, con importantes ejecutorias durante 1895-1931, y Thomas W. Lamont, ambos copropietarios de hasta 5% del valor de la Casa Morgan. Lamont ejercería como CEO de la época (1914-1943), opacando al heredero Jack Morgan, quien poco tenía de banquero. Jack se dedicó a concretar el sueño de su padre de fundar un emporio de arte que pudiera educar a los EE.UU., sembrando la cuna del Museo Metropolitano de Nueva York y siguiendo las conquistas que el propio Pierpont había alcanzado en Egipto y el resto de Europa (principalmente en Italia). Lamont llegaría a ser un poderoso banquero-canciller, liderando préstamos a la Alemania nazi y a la Italia fascista. Tuvo relación personal con Benito Mussolini (1924-1935) y con la realeza del Japón, antes de la crisis de Pearl Harbor y el lanzamiento de bombas atómicas sobre Japón.
Empezando con Morrow, resulta que este había sido compañero de estudios universitarios en Amherst (1895) de Calvin Coolidge, quien llegaría a ser presidente de los EE.UU. (1923-1929). Siempre se pensó que Morrow sería su secretario del Tesoro o su ministro de Defensa. Pero tuvo serias oposiciones entre sus colegas, incluyendo la de Lamont. Entonces Morrow terminó como embajador en México. Siendo para entonces exbanquero de la Casa Morgan, generaba reticencias ante el gobierno mexicano sobre la negociación de una deuda impaga, ya por décadas, tanto al gobierno de EE.UU. como a la Casa Morgan. Morrow fue amigo personal del presidente Plutarco Elías Calles, quien simpatizaba con el legado de la Revolución Zapatista antiestadounidense.
Lo curioso es que Morrow se encariñó con la causa de México y negoció duramente contra el presidente Coolidge y contra las pretensiones de Lamont de pagos al 100% a la Casa Morgan. El poder de Morrow era tal que operaba de facto como ministro de Hacienda de México (en la sombra) y, gracias a ello, logró reducir la deuda mexicana a 10% de las pretensiones de los acreedores. Morrow fue senador de los EE.UU. en los difíciles momentos de la Gran Depresión (1929-1930), pero terminó por decepcionar a sus seguidores demócratas-izquierdistas (siendo él republicano), pues nunca apoyó los programas sociales para salir de semejante crisis.
Se tienen numerosas anécdotas sobre el comportamiento de Morrow, amigo cercano del pintor Diego Rivera, a quien solicitara murales promoviendo la revolución obrera bolchevique en México. Morrow fue un gran líder de las negociaciones diplomáticas y se opuso a la invasión de los marines a México, con la cual amenazaba el presidente Herbert Hoover (1929-1933) al presidente Calles. Este último provocaba a Hoover a través de la postergación de las negociaciones de la moratoria de la deuda e impulsando la expropiación de las iglesias, incluidas las estadounidenses.
En cambio, la Casa Morgan tuvo en Lamont un CEO fiel hasta su muerte. De particular agudeza, tanto en lo práctico como en lo conceptual, Lamont empezó su fulgurante carrera “diplomático-banquera” en 1917 como asesor del secretario del Tesoro Carter Glass (quien pasaría a la historia por erigir la muralla china financiera tras la Gran Depresión). Después sería personaje clave en la creación de la Liga de las Naciones, acompañando al presidente Woodrow Wilson, y su influencia se extendería sobre los presidentes Hoover y Franklin D. Roosevelt. Sin temor a exagerar, los historiadores que se han nutrido del voluminoso acervo que la Universidad de Harvard tiene dedicado a Thomas W. Lamont concluyen que este fue tal vez más influyente que John Maynard Keynes en todo lo relacionado con el debate sobre las reparaciones del Tratado de Versalles. Lamont estuvo convencido de que su impulso al financiamiento bancario de Alemania, desde la Casa Morgan, era la clave para permitir los repagos a Francia; pero resultó ingenuo respecto a la fungibilidad del dinero hacia el rearme nazi y del Japón, y ha sido castigado por la historia debido a su protagonismo en dicho rearme.