Camino como mi buen jefe
jueves, 3 de septiembre de 2026
Sergio Molina
Atendía labores en el patio y mi primer jefe me miraba preocupado por mi falta de experticia en labores de fuerza; yo tenía más actitud que capacidad física. Me llamó a su oficina y me dijo: “tienes habilidades distintas”. Me entregó una tarjeta y expresó: “preséntate a esta compañía de un gran amigo, ya hablé con él”. Advirtió mi capacidad para lo administrativo, siendo más eficiente en otro oficio y organización, y redirigió mis capacidades a tiempo. Leyó su organización y tenía en el panorama la dinámica de otras organizaciones. Pocos años más tarde, en la nueva organización, ascendí en lo laboral. En una oportunidad, me acerqué al gerente y principal accionista con delicadeza -no era habitual abordarlo, cuando más, saludarlo amablemente desde el escritorio-. Entonces, detuve su marcha con genuina preocupación personal: “disculpe la impertinencia, me voy a casar y quiero saber si la empresa va bien y puedo contar con mi empleo por un buen tiempo”. Sonrió, me felicitó y dijo: “la empresa va muy bien; si algo sucediera, este negocio tiene mucho quien lo compre, no lo dude, eche para adelante, éxitos en su nueva vida”. Con semejante espaldarazo, como de padrino de matrimonio, pisé firme, al mismo tiempo que amplié el horizonte: entendí que no era solo la empresa, sino el renglón económico de ella. El gerente, además de confianza, me dio perspectiva en un mismo acto. En otro momento, me acerqué a mi superior de entonces, con cierta prevención, para decirle que quería estudiar, lo que requería modificar mi horario. En medio de su afán, no dudó en responder: “la familia y el estudio prevalecen; lo que aprenda será un bien inembargable que lo acompañará el resto de la vida”.
Estos ejemplos me enseñaron que somos hormigas y abejas en la organización que empatiza con nosotros, a partir de la confianza y el compromiso que evidenciamos en los superiores. Nada compromete más que el buen mentor. Una organización es un organismo vivo, cambiante. En ella todo se mueve, a veces súbitamente; aunque se calculan acciones, otras llegan de golpe, organismos vivos con seres vivos, presos de dudas y ansiedades. Ahí la pertinencia de promover líderes que lleven las contingencias del mercado y los acontecimientos personales del grupo, mezcla de tino empresarial y sensibilidad humana. Líderes con visión amplia, que revisan, no hipervigilan, ponderan lo de afuera sin descuidar a los empleados vulnerados por la competencia interna, la remuneración comparada, la subjetividad del reconocimiento, el desencanto por la organización, la rutina, la falta de novedad y de confort, y la incertidumbre.
He tenido jefes hormiga y jefes abeja, merecedores de respeto, que además de administrar contingencias, generaron confianza sin prepotencia, con empatía natural. Mi hipótesis es simple: creo que mis buenos jefes tuvieron, a su vez, buenos jefes, más que condescendientes, sensibles. Terminamos caminando como nuestros buenos jefes; lo bueno se prende. Si admiran a jefes y exjefes, díganselo. A los míos, donde estén, mi gratitud por el ejemplo que replico.