Analistas

El trabajo en casa

Sergio Molina

Síganos y léanos en Google Discover

Ya nadie va a trabajar, aunque sigan trabajando. La posmodernidad revolucionó el sitio de trabajo y el desplazamiento, el ir de aquí (casa) a allá (empresa). No hay oficina ni planta; desaparecieron la serpentina endosable y el confeti en el puesto del cumpleañero de turno. No hay cactus ni portarretratos, solo imágenes en el descansapantallas; quedan la voz y el recuadro con avatar o un background grandilocuente en la plataforma como evidencias del otro. El ambiente laboral se volvió problema de cada quien en casa y ya no tiene que ver con la amplitud, la iluminación ni la ergonomía de la oficina en la que nos encontrábamos.

El trabajo en casa parte de la incuestionable seguridad y comodidad del hogar; sin embargo, no todo es tan bueno como parece: de a poco, lo confortable va saliendo costoso. Dejar que cada quien proponga su ambiente laboral va cansando a muchos, que sienten la merma en la interacción física y la falta de estímulos sensoriales como el viento en la cara al caminar, el esquivar a otros transeúntes afanados y hasta tomar atajos y frenarse por un súbito susto. Aunque antes el trajín callejero se viera como fastidioso, de a poco se añora.

Algunos evidencian que no hay anécdotas camino al trabajo y que se va presentando reactividad social, con la deformación en internautas simbióticos y mezquinos que creyeron que no bañarse y trabajar en pijama era el único homenaje a la autonomía; energúmenos que evitan encontrarse con alguien en el ascensor. No ir a trabajar menoscaba la individualidad en lugar de fortalecerla.

La persona se ratifica viendo y constatando la diferencia y la similitud en el otro que está afuera; por eso, muchos frecuentan el coworking. Una versión de la vida la vemos en la pantalla, pero quizás la versión de la vida esté en la calle, porque una playa sin brisa o un parque sin la tibieza del sol no son verdaderos: son figuraciones que a duras penas estimulan e inspiran. Los coaches sugirieron que nos vestimos para nosotros mismos, que somos el destinatario principal; no obstante, vestirse para otros trae su encanto: es un ejercicio que nos pone frente al halago, la crítica o la intrascendencia ante el otro, y ello es información valiosa.

Recuerdo la pausa activa yendo de mercadeo a contabilidad, pasando por sistemas, y en el entretanto saludando, enterándome y dando cuenta de mí; nada superable por un chat. Al final del día ya no preguntamos ¿qué pasó hoy en la oficina?; si acaso, damos cuenta de cómo estuvo el internet y de si se actualizó el equipo. Si bien el teletrabajo, la virtualidad y los nómadas digitales tienen lo suyo, apuesto por que el plus vuelva a ser el de ir al trabajo, así sea en un café.

El relacionamiento humano va perdiendo la novedad del estímulo físico. Ojalá las áreas de talento humano retomen las jornadas de constatar al otro, el de carne y hueso que viste y calza, verificado, no intuido. Estar en línea no siempre es estar.

TEMAS


Virtualidad - Teletrabajo - Laboral