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Cada 7 de agosto Colombia conmemora una de las fechas más significativas de su historia. Ese día de 1819, la Batalla de Boyacá consolidó la independencia y abrió el camino para la construcción de la República. No fue solamente un triunfo militar. Fue el comienzo de un proyecto nacional basado en la libertad, la soberanía y el imperio de la ley.
No es casual, entonces, que ese mismo día tome posesión el presidente de la República. La coincidencia es deliberada y profundamente simbólica. Cada nuevo mandatario recibe el poder en la fecha que recuerda que la autoridad no proviene de la fuerza, sino de la voluntad de una nación libre y de una Constitución que limita y orienta el ejercicio del poder.
El 7 de agosto representa la continuidad institucional. Los gobiernos cambian; la República permanece. Los presidentes son transitorios; las instituciones están llamadas a perdurar. En tiempos de incertidumbre económica y social, ese mensaje adquiere especial importancia: el progreso depende de la confianza, del respeto por las reglas y de la capacidad del Estado para ofrecer estabilidad.
La fecha deja también una enseñanza para el nuevo gobierno. Los países avanzan cuando sus dirigentes concentran sus esfuerzos en unas pocas prioridades nacionales, construyen consensos y orientan su gestión hacia resultados concretos que impulsen el crecimiento, el empleo y el bienestar.
Colombia necesita un gobierno que priorice. La seguridad debe recuperar su condición de bien público esencial, porque sin ella no prosperan la inversión, el empleo ni la tranquilidad de los ciudadanos. La salud requiere estabilidad financiera y reglas claras que garanticen una atención oportuna y de calidad. La educación demanda continuidad, excelencia y una mayor articulación con las necesidades del desarrollo productivo y con las nuevas tecnologías.
La reactivación económica exige, además, una apuesta decidida por los sectores con mayor capacidad para multiplicar el crecimiento y el empleo. El agro y la construcción son instrumentos fundamentales para lograrlo. La infraestructura y la vivienda han demostrado su capacidad para dinamizar la economía, integrar regiones y generar oportunidades. En este último frente, dos decisiones tendrían efectos inmediatos: garantizar los recursos para los subsidios a la demanda y crear las condiciones para reducir las tasas de interés del crédito hipotecario, especialmente para los hogares de menores ingresos. La construcción sostenible es el camino. Al mismo tiempo, el sector energético necesita reglas estables que estimulen la inversión, fortalezcan la seguridad energética y permitan una transición responsable, compatible con la competitividad del país.
Gobernar también significa escoger. La historia demuestra que los gobiernos que intentan hacerlo todo terminan logrando poco. En cambio, aquellos que identifican tres o cuatro grandes objetivos nacionales y concentran allí su liderazgo, sus recursos y su capacidad de ejecución son los que dejan transformaciones duraderas.
Esa es, quizá, la mejor manera de honrar el legado de Boyacá y el verdadero significado del 7 de agosto: fortalecer la República, consolidar la confianza y crear las condiciones para que Colombia crezca con más oportunidades, empleo y bienestar para todos.