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La deserción educativa II

Sergio Mutis Caballero

Colombia no enfrenta únicamente un problema de cobertura. Enfrenta, sobre todo, un problema de pertinencia.

Expandimos la educación superior. Pero seguimos perdiendo jóvenes en el camino y formando talento que no conversa con la realidad productiva del país. En sentido amplio, la deserción no es solo quien abandona el aula. También es quien se gradúa sin oportunidades reales de empleo acorde con su formación. Es el profesional subempleado. Es el país que invierte en educación sin traducir ese esfuerzo en productividad.

La pregunta no es solo cuántos estudian. Es para qué estudian.

Durante años consolidamos la idea de que el éxito estaba en el título universitario tradicional. Derecho. Administración. Contaduría. Carreras respetables, pero muchas veces saturadas. La economía no creció al ritmo de los diplomas. El mercado laboral no absorbió esa oferta. El resultado: frustración, informalidad y pérdida de capital humano.

Mientras tanto, sectores estratégicos enfrentan escasez de talento técnico especializado. Colombia necesita programadores, expertos en ciberseguridad y analítica de datos. Técnicos en energías renovables, automatización industrial y mecatrónica. En construcción, perfiles en industrialización y herramientas digitales. En agroindustria, formación en agricultura de precisión y transformación productiva. No son oficios menores. Son el núcleo de la competitividad futura.

Los países que entendieron esta ecuación no ampliaron universidades indiscriminadamente. Articularon educación con política industrial. Vincularon empresa y aula. Dignificaron la formación técnica. Midieron el éxito por empleabilidad, emprendimiento y productividad.

Alemania y Suiza consolidaron el modelo dual: jóvenes que estudian mientras trabajan en empresas que cofinancian su formación y con currículos diseñados con el sector productivo. El resultado ha sido bajo desempleo juvenil y alta productividad. Corea del Sur y Singapur apostaron por institutos tecnológicos alineados con sectores estratégicos, integrando formación, innovación e industria. Así dieron el salto hacia economías sofisticadas, exportadoras y basadas en conocimiento.

Colombia no puede seguir educando de espaldas a su economía real.

Persistir en un modelo centrado en títulos tradicionales sin conexión fuerte con el mercado laboral profundiza la deserción. Cuando el esfuerzo académico no tiene retorno visible, el incentivo a continuar disminuye. La educación deja de percibirse como inversión y se convierte en costo.

Reducir la deserción exige articular formación con sectores estratégicos definidos. Consolidar modelos duales con participación real de las empresas. Además, la virtualidad hoy es un instrumento académico.
El costo de la deserción y de programas no pertinentes es un problema macroeconómico. Menor productividad agregada. Menor recaudo futuro. Menor crecimiento potencial. La fórmula es medir resultados por inserción laboral efectiva. Un país que forma talento sin pertinencia reduce su tasa de retorno educativa y debilita su capacidad de innovar y competir.

Si advertíamos que la deserción es un costo oculto, en esta profundizamos que también es un problema de diseño económico. La educación, cuando no genera productividad, deja de ser inversión. Reducir la deserción y estructurar programas pertinentes no es una política sectorial. Es una decisión estratégica.

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Análisis - Universidades - Deserción escolar