Riesgo país
viernes, 29 de mayo de 2026
Sergio Mutis Caballero
La energía, como el agua, solo se vuelve noticia cuando falta. Y Colombia vuelve a enfrentar un riesgo que no admite improvisación: la posible consolidación del fenómeno de El Niño 2026-2027, cuya evolución ya vigilan organismos internacionales y autoridades climáticas nacionales.
Los modelos climáticos muestran señales consistentes de calentamiento en el Pacífico ecuatorial. Algunas proyecciones anticipan anomalías térmicas superiores a 1,5 °C hacia finales de año, rango correspondiente a un evento fuerte. No es una certeza absoluta, pero sí una advertencia suficientemente seria para activar decisiones preventivas.
Las señales tempranas ya comienzan a observarse en distintas regiones del país: debilitamiento de lluvias, mayor radiación solar y transición prematura hacia condiciones secas. Colombia podría entrar nuevamente en un patrón similar al de los episodios de El Niño 2015-2016 y 2023-2024, cuando el sistema hídrico y energético operó bajo fuerte presión.
Los datos de XM muestran que los embalses vienen descendiendo más rápido de lo esperado. Aún no existe una situación crítica, pero sí una señal de atención que obliga a actuar con anticipación.
El problema estructural sigue siendo la alta dependencia de la generación hidroeléctrica. Si las lluvias disminuyen durante el segundo semestre y la demanda continúa creciendo, el mayor riesgo podría trasladarse a comienzos de 2027, especialmente durante los meses tradicionalmente secos.
El impacto no sería solamente eléctrico. También podría afectar el abastecimiento de agua potable en ciudades dependientes de reservorios ya sometidos a presión por el crecimiento urbano y los ciclos de verano.
La prevención tiene dos frentes inmediatos. El primero es el ahorro y uso eficiente del agua. El segundo -y quizá el más decisivo- es garantizar el respaldo térmico y el suministro suficiente de gas natural para enfrentar un eventual período prolongado de sequía.
El riesgo país no se mide solamente en indicadores financieros. También se mide en la capacidad de anticipar crisis, proteger la infraestructura estratégica y preservar la confianza institucional cuando aparecen escenarios adversos.
La advertencia no es alarmismo. Es planeación responsable. Colombia todavía está a tiempo de evitar que una señal del Pacífico termine convertida en restricciones, racionamientos y pérdida de confianza.
La suerte aún no está echada. Las próximas elecciones presidenciales definirán mucho más que un cambio de gobierno: definirán la capacidad del país para enfrentar crisis, preservar la institucionalidad democrática y actuar con responsabilidad frente a riesgos que ya están sobre la mesa.
Colombia necesita un cambio de rumbo. Requiere liderazgo serio, capacidad técnica y estabilidad para afrontar los retos económicos, energéticos, climáticos y sociales que se aproximan.
Está en juego el futuro del país. Que Dios nos tenga de su mano.