No nos crean tan pendejos
sábado, 22 de agosto de 2026
Silverio Gómez Carmona
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En los 80, México estaba entre los países más corruptos del mundo e, increíblemente, un sector de la sociedad consideraba que gracias a esa malsana práctica se lograba redistribuir el ingreso. El sofisma es claro: la corrupción atenúa las desigualdades y aumenta el bienestar social frente a una burocracia ineficaz, actuando así como un lubricante. La respuesta de los pobres es la informalidad, y esta disminuye las dificultades entre esa clase social.
Por esa época nuestros países enfrentaban serios problemas para cubrir sus deudas y debieron realizar ajustes con costos sociales altos. En Colombia, los carteles de la droga ofrecieron pagar la deuda externa. La idea no prosperó, pero incluso al máximo nivel del Estado se hablaba de una tolerancia para llevar la corrupción a unas “justas proporciones”.
La izquierda que acaba de dejar el poder desconoce el panorama de corrupción que deja en el país, con sus consecuencias negativas (como lo expone sin duda “El libro de la verdad”), alegando que su legado es un mejoramiento de las condiciones de los pobres, asumiendo que hay canales de transmisión entre la corrupción y la desigualdad a través de una supuesta distribución del poder político. Una visión mediática y dañina, simplista y sin sustento conceptual. El crecimiento de la economía colombiana 2023-2026 es el más bajo del primer semestre de los cuatrienios desde 2007. Entre enero y junio de 2026 solo ascendió a un mediocre 2,13% frente a 3,75% en el gobierno de Duque (con pandemia), 2,23% y 4,65% en los gobiernos de Santos y 4,07% en el segundo mandato de Uribe. Ni en eso se destacó Petro, y si eso ya es mediocre, lo más grave es que se dio una destrucción del tejido empresarial del país, compensada por esa demanda de bienes y servicios ligada al narcotráfico, 4% anual del PIB, a la minería ilegal -en particular de oro-, al turismo criminal y a un gasto público desbordado. Así, el consumo local aumentó 4,9% frente a escasamente 2% del PIB. Si no fuera por el gasto burocrático y las importaciones, el PIB no crecería más de 1,5%.
Ese impulso al consumo tiene también su fundamento en el acelerado aumento de las importaciones de bienes durables y semidurables, entre 8% y 12% en los últimos cuatro años, con aumentos muy grandes en vehículos y partes (60%), armas y municiones (110%), máquinas y computadores (30%), prendas de vestir (20%) y volúmenes no vistos en perfumes y cosméticos, relojes, yates, alfombras, juguetes, calzado, café y mucha miscelánea. Mientras tanto, las exportaciones agrícolas y de alimentos caen 2,7% y las manufacturas descienden 1,5%. Solo el oro saca la carta con un aumento de más de 90%, hasta US$3.900 millones, en muy buena parte por operaciones de explotación ilícita.
El gasto público, como producto, ha crecido en los dos últimos primeros semestres (por encima de 12%), muy por encima de 6% de la inflación: administración pública, salud, educación, pago de salarios y más maestros y tutores. Mientras tanto, el agro cae, la construcción sigue deprimida, la educación privada permanece deprimida y la industria está estancada.
Así, ese crecimiento de la economía basado en consumo, importaciones y burocracia no es sostenible y está, sin duda, a las puertas de la destorcida, porque es imposible sostenerlo: el déficit fiscal preliminar es 7,8%, esto es, $140 billones, sin costear el terremoto del 10 de agosto. Sencillo: no más saqueo con Ungrd, ANT, carrotanques, nóminas paralelas ni caos en la salud, etc. ¿Ahora sí entiende por qué hay quienes confunden malintencionadamente que la corrupción y el mal manejo de los recursos públicos dizque redistribuye el ingreso? O es que creen que los colombianos somos pendejos.