Vice decente, experto, moderno y con “pilas”
sábado, 13 de junio de 2026
Silverio Gómez Carmona
Los colombianos decidirán el 21 de junio entre dos nombres para regir los destinos del país en 2026-2030: Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Dos concepciones ideológicas antagónicas, dos estilos personales que no se asemejan en nada y dos visiones de país, ortodoxa y heterodoxa, en fronteras totalmente alejadas; depende del análisis libre de los electores.
Hay muchas incógnitas sobre la forma como gobernará cada uno, pero hay una pregunta que ronda con insistencia: ¿qué pasaría si el presidente falta por una u otra circunstancia? Sería reemplazado por su vicepresidente: en el caso de Abelardo, por José Manuel Restrepo, y si ocurriera con Cepeda, llegaría Aída Quilcué. Si entre los candidatos a jefes de Estado hay un contraste total, entre sus segundos es todavía más contundente, no solo por las razones obvias de ideología y concepción del país que proponen, sino, más importante aún, por su propia experiencia en el manejo de los asuntos públicos y su formación académica. Quilcué no alcanzó a terminar la secundaria y su ámbito de trabajo se circunscribe a la defensa de las comunidades indígenas y a la actividad como activista callejera. Restrepo es economista, exministro de Estado en Hacienda y en Comercio, Industria y Turismo, rector de cuatro centros universitarios, con maestría y doctorado. No es un asunto de títulos (¿o sí?), pero estos son muy importantes para manejar el país.
No hay que decir mentiras. Con absoluta certeza, el país sentirá más respaldo con Restrepo que con Quilcué. En otras palabras, si la elección fuera entre los dos, no hay duda de que el vicepresidente de Abelardo sería ganador con contundencia. Es como si se enfrentaran Brasil o Alemania contra Haití en la Copa del Mundo. Es necio debatirlo.
Restrepo es mucho más que un vicepresidente de repuesto, y ella deja dudas incluso en eso. Sus conocimientos sobre el manejo integral de la economía, más allá de la ortodoxia tecnocrática, están demostrados. Tuvo una prueba de gran magnitud: con Iván Duque manejó la economía en la pandemia y la pospandemia y salió muy bien librado. Como pocos expertos, conoce los vericuetos del aparato estatal y se mueve con soltura en las relaciones internacionales económicas y diplomáticas.
Tiene un atributo que, en el desastre que deja Petro, es clave. La trascendental reforma constitucional que modificó el Sistema General de Participaciones, SGP, en los ingresos del Gobierno en favor de las regiones requiere una gran sapiencia para hacer el ajuste equilibrado, solidario y justo. Y Restrepo lo sabe perfectamente, porque lo ha estudiado a profundidad y siguió voluntariamente de cerca el debate en el Legislativo.
Ese equilibrio fiscal centro-periferia, uno de los asuntos de mayor importancia para el país para amortiguar las diferencias regionales, no se puede hacer sin una estrategia que aumente las rentas tributarias sin recurrir a las manidas y cómodas reformas tributarias; que el gasto público sea más eficiente; que acuerde el traslado de competencias a las regiones, y que el modelo de deuda y financiamiento sea sostenible. Y eso lo sabe muy bien Restrepo. Incluso la decisión de Cepeda de designar a Clara López Obregón como cabeza de su equipo económico le da ventaja a Restrepo, pues enfrenta una visión anacrónica con una visión global. Él cree que la riqueza la generan los privados y que la labor del Estado es regular y promover.
Pero, además y por encima de todo, Restrepo es un gran ser humano que concilia y atiende. Exige sin gritar.