La próxima administración recibirá mucho más que un cambio de gobierno: heredará una restricción fiscal de dimensiones históricas. Durante años, el debate público se ha concentrado en cómo expandir el gasto, pero ha eludido una discusión igual de relevante: cómo financiarlo de manera sostenible. Hoy, con un presupuesto que se aproxima a los $590 billones y un pago de intereses cercano a 4,0% del PIB, esa conversación ya no puede seguir aplazándose. El próximo gobierno contará con menos libertad fiscal que cualquiera de sus antecesores recientes.
La primera presión proviene de la reforma al Sistema General de Participaciones. Con incrementos anuales del orden de $20 billones, su impacto fiscal se estima en un pico de $240 billones anuales durante la próxima década. Aunque el fortalecimiento de las transferencias territoriales responde a una aspiración legítima de descentralización, también introduce obligaciones permanentes que reducen de manera sustancial el margen de maniobra del nuevo gobierno. A medida que una proporción creciente del gasto queda amarrada por mandatos legales, la capacidad del gobierno para responder a crisis, financiar nuevas prioridades o adaptarse a cambios coyunturales se ve seriamente limitada.
La segunda presión es el deterioro evidente del orden público en varias regiones. Esto implica mayores recursos para el orden público, fortalecimiento de inteligencia, incorporación de nuevas tecnologías y protección de infraestructura crítica. Pretender mejorar la seguridad con menos recursos equivaldría a desconocer la realidad del país. Si el gasto en defensa y seguridad retornara a niveles comparables a los de la administración Uribe, el costo adicional podría superar los $20 billones anuales.
Existe, además, un riesgo silencioso que merece mucha más atención: la sostenibilidad del sistema eléctrico. Los retrasos en proyectos de transmisión, las dificultades en la ejecución de nuevas inversiones y la persistente incertidumbre regulatoria han incrementado la vulnerabilidad del sistema. Un eventual racionamiento no solo tendría costos económicos elevados, sino también impactos sociales profundos, en un momento en el que el país necesita acelerar su crecimiento. Aunque su magnitud es difícil de anticipar con precisión, las implicaciones fiscales de una crisis energética distan de ser marginales.
Por ello, el debate no puede limitarse a la discusión de una nueva reforma tributaria. El problema es más de fondo. Colombia necesita una revisión integral de la eficiencia del gasto público. Cada subsidio debe justificar su existencia en función de resultados verificables. Con demasiada frecuencia, las iniciativas surgen como anuncios políticos y se diluyen por la ausencia de estudios, diseños o cierres financieros adecuados. Los sueños no fracasan por falta de discursos; fracasan por falta de estructuración.
La disciplina fiscal no es una obsesión tecnocrática; es una condición necesaria para financiar el desarrollo de manera sostenible. Gobernar en los próximos cuatro años significará administrar escasez, establecer prioridades y tomar decisiones difíciles. La verdadera responsabilidad política no será prometer más, sino tener el coraje de explicar que los recursos son limitados. El próximo gobierno no será juzgado por la magnitud de sus anuncios, sino por su capacidad para construir resultados.