Analistas 10/03/2026

Congreso dividido

Simón Gaviria Muñoz
Exdirector de Planeación Nacional

En las democracias maduras, las elecciones no solo definen quién gana; también revelan cómo debe gobernarse. Los resultados recientes del Congreso colombiano dejan una enseñanza clara: en Colombia nadie gobierna solo. El país ha entrado en una etapa política en la que los extremos pueden movilizar emociones, pero difícilmente pueden construir mayorías duraderas. Incluso ganadores de la jornada como el Pacto Histórico o el Centro Democrático deberán construir coaliciones con fuerzas del centro. Nadie logró el derecho de imponerle nada a nadie.

La composición del Congreso es el reflejo de una sociedad plural, fragmentada y profundamente diversa. Ninguna fuerza política alcanzó un respaldo suficiente para gobernar sin construir consensos. Y eso, lejos de ser una debilidad, es una señal de madurez institucional. El Congreso no está diseñado para que una ideología atropelle a las demás; es el espacio donde se construyen acuerdos entre visiones distintas de país. Esa lógica fue la que permitió, entre izquierda, centro y derecha, la construcción de uno de los mayores consensos del país: la Constitución de 1991. Con el resultado electoral, tratar de borrar ese espíritu de concertación será cada vez más difícil.

En sistemas como el colombiano, el éxito de un gobierno depende más de su capacidad de tejer coaliciones que de la retórica de campaña. Gobernar exige sumar, persuadir y ceder. Cuando un gobierno intenta reemplazar la política por la imposición, el sistema simplemente deja de funcionar: las reformas se estancan, la incertidumbre crece y el país pierde tiempo valioso. Tan útil como haya podido ser la narrativa electoral de que “no dejaron sacar las reformas”, lo cierto es que, visto en perspectiva histórica, este mandato ha producido más gestos simbólicos que transformaciones estructurales.

La aritmética parlamentaria actual es contundente: cualquier agenda legislativa viable requerirá alianzas amplias. Ningún bloque tiene la capacidad de imponer su voluntad de manera unilateral. Ni la izquierda puede transformar el país sin dialogar con los demás, ni la derecha puede aspirar a revertir reformas sin construir puentes con otras fuerzas políticas. Construir mayorías es condición necesaria para que el país pueda avanzar con estabilidad.

Esta realidad obliga a abandonar la lógica del enemigo para recuperar la lógica del acuerdo. Colombia necesita una política que entienda que gobernar no es derrotar al otro, sino construir mayorías estables alrededor de soluciones concretas. Las grandes reformas que han marcado nuestra historia nacieron de coaliciones amplias, no de mayorías ideológicas rígidas.

El Congreso que surge de estas elecciones, con todas sus tensiones y diferencias, refleja precisamente esa condición. Es un mapa político donde muchos pueden aportar. La gobernabilidad del país dependerá entonces de la capacidad de reconocer esa realidad: los extremos están obligados a moderarse. En esa limitación está también una oportunidad para forzar la moderación, la negociación y el pragmatismo.

Colombia no necesita victorias absolutas. Necesita acuerdos duraderos. El próximo gobierno enfrentará grandes desafíos. Las transformaciones que el país requiere solo serán sostenibles si nacen de consensos amplios. Si hay voluntad de cambio, este empieza con el diálogo.

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