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¿Bien o excelente?

Sofía Spaggiari Pineda

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“Bien”. Una palabra que usamos todos los días, casi de manera automática.

¿Cómo estás? Bien.
¿Cómo te fue? Bien.
¿Cómo quedó? Bien.
¿Cómo hiciste las cosas? Bien.

Y sin darnos cuenta, hemos convertido ese “bien” en un punto de llegada, cuando en realidad podría ser apenas el punto de partida.

Porque hacer algo bien significa cumplir, resolver, entregar, avanzar. Pero existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿y si podemos hacerlo mejor?

Vale la pena recuperar el valor de hacer las cosas con excelencia. No se trata de exigir perfección, de vivir agotados intentando demostrar algo, ni de sentir que nunca somos suficientes. La excelencia no significa que todo tenga que salir perfecto. Significa poner intención, compromiso y cuidado en aquello que hacemos. Es preguntarnos si estamos dando lo mejor de nosotros con las herramientas, el conocimiento y las circunstancias que tenemos.

Porque existe una enorme diferencia entre hacer algo simplemente para cumplir y hacerlo porque realmente nos importa.

Está en el estudiante que revisa una vez más su trabajo. En quien llega puntual porque respeta el tiempo de los demás. En la persona que atiende a un cliente y decide hacerlo con amabilidad. En quien entrega un proyecto y piensa en cómo puede aportar un poco más. En quien cocina para su familia y pone cariño en cada detalle.

La excelencia vive en lo cotidiano.

Y también requiere algo que a veces olvidamos: responsabilidad. Si algo puede hacerse mejor y tenemos la posibilidad de lograrlo, ¿por qué conformarnos con entregar apenas lo suficiente?

Es fácil confundir el deseo de hacer las cosas bien con la necesidad de exigirnos constantemente. Pero son cosas diferentes. Podemos descansar y ser excelentes. Podemos equivocarnos y ser excelentes. Podemos estar aprendiendo y ser excelentes. Podemos tener días difíciles y aun así comprometernos con hacer lo mejor posible.

La excelencia no es perfección. Es actitud. Es esa decisión silenciosa de decir: “Esto lleva mi nombre y quiero hacerlo bien, con amor, con cuidado y con propósito”.

También es dejar de compararnos con los demás. Porque la excelencia no consiste en ser mejor que otra persona. Consiste en acercarnos cada día a nuestra propia capacidad.

Hoy podemos cambiar una pregunta. En lugar de cuestionarnos solamente “¿está bien?”, preguntémonos: “¿Esto representa lo mejor que puedo hacer?”. Si la respuesta es sí, avancemos con tranquilidad. Y si sabemos que podemos hacerlo mejor, volvamos a intentarlo.

Porque nuestra vida también está hecha de pequeñas elecciones. Y cada vez que elegimos la responsabilidad sobre la indiferencia, el compromiso sobre la mediocridad y el cuidado sobre el simple cumplimiento, estamos construyendo una manera diferente de vivir.

Que “bien” deje de ser nuestro techo. Que sea apenas el comienzo.

Porque no necesitamos hacerlo todo perfecto. Necesitamos comprometernos a dar lo mejor de nosotros en aquello que decidimos hacer.

Y ahí, precisamente, empieza la verdadera excelencia.

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