Gracias, Colombia
lunes, 10 de agosto de 2026
Sofía Spaggiari Pineda
Síganos y léanos en Google Discover
Agradecer al país es una decisión que también construye nación.
Hoy ya empezaste el día quejándote. Del tráfico, del clima, de una fila, de una noticia. Es casi un reflejo, como respirar. Pero apuesto a que no diste las gracias con la misma velocidad con la que reclamaste. Y ese pequeño desbalance dice más de nosotros como país de lo que creemos.
Hay un ejercicio que casi siempre dejamos para después, porque siempre pensamos que mañana habrá tiempo, y no nos detenemos a agradecer al lugar que nos vio nacer. Nos quejamos del tráfico, de las noticias, de lo que falta. Y tenemos razones de sobra. Pero en medio de esa lista de reclamos, vale la pena guardar un espacio para lo otro, para lo que sí tenemos, para lo que este país -con todas sus grietas- nos ha regalado sin que se lo pidiéramos. Porque si no somos felices con lo que tenemos, difícilmente seremos felices con lo que nos falta. Y aun en el caso hipotético de tener una varita mágica, siempre habrá una oportunidad de mejora, porque lo que para ti es asombroso, para otra persona puede pasar desapercibido. Por eso se trata de agradecer lo que tenemos para construir, entre todos, con nuestro accionar del día a día, el país que tanto anhelamos: la gratitud hacia nuestras habilidades, dones y talentos, que podemos poner al servicio de los demás.
Agradecer al país es reconocer que somos parte de una historia que otros construyeron antes que nosotros, muchas veces a un costo altísimo, para que hoy pudiéramos caminar por una calle, hablar un idioma, sostener una idea con libertad.
¿Cuántas veces nos detenemos a pensar en lo que costó este país? En los nombres que el tiempo fue borrando, en las generaciones que sembraron instituciones, escuelas, caminos, leyes, para que nosotros heredáramos algo más que territorio: heredamos posibilidad. Y esa herencia merece más que un gracias reservado para una fecha especial. Merece agradecerse viviendo con responsabilidad lo que se recibió.
Ser agradecido con el país es, sobre todo, involucrarse. Es pagar lo que corresponde con honestidad, es votar con conciencia, es cuidar lo público como si fuera propio, porque en realidad lo es. Es enseñarles a los que vienen detrás que un país se hereda, sí, pero también se sostiene, se construye y se mejora entre todos.
Vivimos rodeados de voces que viven en agonía, quejándose de todo, convencidas de que en otro lugar todo sería mejor. Y sin embargo, aquí seguimos. Aquí se sigue naciendo, se sigue soñando, se sigue construyendo futuro con las manos que tenemos, con lo que hay. Será un país imperfecto, como todos, pero es el lugar donde aprendimos a caminar, a hablar, a llorar y a celebrar. Eso merece, al menos, una mirada de gratitud además de la queja de siempre, porque la gratitud es el antídoto de la queja.
La gratitud, cuando es genuina, despierta. Nos hace mirar distinto el territorio que pisamos. Vemos el bache en la vía, sí, pero también la mano que un día lo pavimentó. Vemos la institución que falla, pero también la que, contra toda dificultad, sigue en pie gracias a quienes trabajan en ella cada día sin que nadie los aplauda. La gratitud convive con la crítica, y la vuelve más justa, más constructiva, más comprometida con transformar en lugar de solo destruir.
Y hablo también como parte de una generación que quiere el sueño colombiano y no el sueño americano. Una generación que conoce su historia, y precisamente por eso quiere cambiarla. Una generación que ha crecido escuchando que este país está condenado, que lo mejor es irse, que aquí el futuro se agotó. Prefiero pensar distinto. Prefiero creer que un país también se transforma desde adentro, desde quienes deciden quedarse, aportar, proponer. Que cada persona que elige construir, en lugar de solo señalar, ya está cambiando algo. Que la gratitud, lejos de ser resignación, es el primer paso hacia el compromiso real.
Se trata de sostener las dos cosas a la vez: la exigencia y el agradecimiento. Reclamar lo que falta, recordando siempre lo que ya se tiene. Un país que solo sabe quejarse, se cansa. Pero un país que aprende a agradecer lo bueno mientras trabaja por corregir lo malo, encuentra con qué seguir de pie.
Hoy, en medio del afán y del ruido de siempre, valdría la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué le agradezco a este país? ¿Qué me ha dado que difícilmente habría encontrado en otro lugar? ¿Qué estoy dispuesto a devolverle?
Porque una república se sostiene con instituciones, sí, pero también con ciudadanos agradecidos que deciden, cada día, ser parte de su historia.
Por eso, hoy, simplemente, gracias, Colombia.
¿Y tú? ¿Vives en gratitud? Porque yo vivo en gratitud.