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La gratitud es el lenguaje universal y la amabilidad, la moneda del mundo

Sofía Spaggiari Pineda

Hay palabras que no necesitan traducción. Un “gracias”, una sonrisa, una mano extendida o un gesto de ayuda pueden decir mucho más de lo que imaginamos. No importa el idioma que hablemos, el lugar de donde vengamos ni nuestras costumbres: todos entendemos la amabilidad cuando la recibimos.

Vivimos en un mundo diverso, lleno de culturas, tradiciones y distintas maneras de comprender la vida. Sin embargo, en medio de tantas diferencias, existen emociones capaces de acercarnos. La gratitud es una de ellas.

Un “gracias” puede atravesar fronteras. Una sonrisa puede ser comprendida en cualquier lugar. Un abrazo puede expresar aquello que las palabras muchas veces no alcanzan a decir. Probablemente por eso la gratitud sea uno de los grandes lenguajes universales.

Vivimos con afán. Corremos para llegar, producir, responder, cumplir y alcanzar nuestras metas. Estamos tan acostumbrados a la velocidad que incluso nuestras conversaciones pueden convertirse en instrucciones. Escribimos por WhatsApp: “haz esto”, “mándame aquello”, “necesito esto”, y olvidamos algo tan sencillo como decir: “Hola, ¿cómo estás?”.

Y cuando preguntamos “¿cómo estás?”, muchas veces respondemos en automático: “Bien”. Seguimos con nuestro día sin detenernos a reconocer lo valioso que es poder decirlo. Porque estar bien también es un motivo para agradecer.

Tal vez necesitamos recuperar el valor de los pequeños gestos de humanidad: preguntar cómo está alguien y escuchar de verdad, dar las gracias, reconocer el trabajo de otra persona, sonreír, felicitar, ofrecer ayuda o decir “qué bueno verte”.

Son gestos pequeños, pero tienen un valor enorme.

La amabilidad es una moneda que todos podemos llevar en el bolsillo. Lo más especial es que, cuando la compartimos, se multiplica. Una persona amable puede cambiarle el día a otra, y esa sensación puede llegar a su casa, a su familia y a su trabajo.

La gratitud funciona de una manera parecida. Cuando agradecemos, nuestra mirada cambia. Comenzamos a reconocer aquello que está presente: una oportunidad, una conversación, una persona, una enseñanza, un nuevo día. Y cuando aprendemos a reconocer, también aprendemos a valorar.

Valorar a quien sirve, enseña, limpia, cocina o cuida. Valorar a quien hace su mejor esfuerzo, incluso cuando nadie lo ve. Valorar a quienes nos acompañan y dejan una huella en nuestra vida.

Cada persona que encontramos está viviendo una historia que desconocemos. Nunca sabemos cuánto puede significar para alguien recibir una palabra amable justo en el momento indicado.

Por eso, además de preguntarnos cada mañana qué vamos a conseguir, podríamos preguntarnos: ¿qué vamos a aportar? ¿A quién podemos agradecer? ¿A quién podemos hacer sentir valorado? ¿Con quién podemos ser más amables?

El mundo puede tener muchas monedas, pero existe una que jamás pierde su valor: la bondad.
Hagamos de la gratitud un hábito y de la amabilidad una forma de vida. Porque la gratitud puede ser nuestro lenguaje y la amabilidad, nuestra moneda. Y cuando decidimos ponerlas en circulación, algo maravilloso sucede: se multiplican.

A veces, un pequeño gesto no cambia el mundo entero, pero sí puede cambiar por completo el mundo de una persona.

Por eso, hoy te propongo poner esta moneda en circulación.

Agradece a alguien que haya hecho tu día un poco mejor. Dile “gracias” a quien quizá está acostumbrado a que su esfuerzo pase desapercibido. Regala una sonrisa. Pregunta “¿cómo estás?” y escucha de verdad.

Y después, pregúntate: ¿qué gesto de amabilidad puedo regalar hoy?

Que la gratitud sea nuestro lenguaje.

Que la amabilidad sea nuestra moneda.

Y que nosotros decidamos ponerlas en circulación.

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